Una Noche Con Diomedes Díaz

Por: | lunes, septiembre 23, 2013 6 Comentarios

Una Noche Con Diomedes Díaz - Revista Shock
Estuvimos con el artista más grande del vallenato, campeón en la venta de discos en la historia de Colombia y líder de un singular movimiento de masas. Una noche para comprobar y conocer qué hay detrás del mito.

EN LA CORTE DEL CACIQUE

Una llamada desde Santa Marta de Antonio José De León, el jefe de prensa de Diomedes Díaz y quien pilotea sus redes, me dio lo que había invocado por años: un pasaporte a los terrenos del Cacique. En Colombia, Diomedes suena por todas partes, pero hallarlo es complicado. No existe una temporada alta de entrevistas; da un cada tanto y sus alergias a los medios son bien conocidas.

Conseguirlo era como un diploma al diomedismo: crecí oyendo al artista, he acuñado sus discos, asistido a sus conciertos, roté sus hits hasta que la consola explotaba en un espacio radial que tuve, y podría decir que no rebajo diomedazo diario. He seguido el rastro de Diomedes Díaz en historias narradas por periodistas, fanáticos y detractores, que siempre surfean entre la realidad y la fantasía.

Referirse a Diomedes es a veces como hablar de La Patasola u otros mitos. Hay tantos cuentos de la gente alrededor que no se sabe dónde empieza la ficción. La noche del 9 de agosto fui a encontrarme con el de verdad.

Tras darme la buena noticia, De León me puso en contacto con Héctor Sarasti, el hombre que escribe el blog de Diomedes y que reside en Bogotá, quien me confirmó que nos veríamos a las 8:45 p.m. para ir a la casa del cantante. Con un halo de misterio y sin dirección ni barrio, me citó en un punto de la ciudad haciéndome prometer casi sobre La Biblia que nadie se enteraría del encuentro.

Las coordenadas de la morada del Cacique eran un secreto tan irrevelable, que la fotógrafa Alejandra Mar y yo llegamos a fantasear con que nos iban a vendar los ojos durante el camino, como si fuéramos a una entrevista con Vito Corleone.

Sarasti arribó a nuestro encuentro. En la conversación indagaba qué tanto conocía del artista y me soltaba unas instrucciones: “no le vayas a saltar al cuello, ¿no? Ni te vayas a dejar notar muy emocionada.

Es que hay gente que lo ve y se le bota encima”. Riéndome le decía que se tranquilizara, que yo no era groupie.

Pasadas las 9:00 p.m. aterrizamos en un edificio al norte de Bogotá y nos sentamos en la recepción.

Héctor vaticinaba un par de horas de aguante, pocas si teníamos en cuenta que, según él, Diomedes había hecho esperar 16 horas en una ocasión al fallecido periodista Ernesto McCausland, y afirmaba que esta era “tremenda oportunidad”.

Mayerly, la portera, confirmaba a Sarasti asegurando “no todos los que llegan aquí entran”, y nos contaba sobre la romería a la que está habituada: “siempre viene mucha gente que hace lo que sea para ingresar. La mayoría dice que es periodista, pero nadie logra subir”. Para completar el cuadro y hacerlo más nacional, Héctor apuntaba que en Valledupar al cantante hasta le cortan la luz para ir a verlo.

Nuestra guardia en la portería no fue tan larga como pensé. Luego de la aparición del mánager José Zequeda tuvimos acceso a la corte del Cacique.

En el ascensor, a Sarasti le seguían saliendo instrucciones hasta por los codos. Paramos en el octavo piso y el sonido de los vallenatos diomedistas nos mostró el camino. Timbramos, nos abrieron la puerta y, señoras y señores, ahí estaba Diomedes Díaz Maestre: El Cacique de La Junta, el Sid Vicious del vallenato, el Keith Richards guajiro, chaman de todos sus seguidores. El hombre de las ventas millonarias de discos, el que ha hecho rugir estadios y el que ha convertido los conciertos en ceremonias y rituales de una gran fanaticada.

LISTO PA’ LA FOTO

Con beso y abrazo nos dio la bienvenida, y con un ceremonioso “están en su casa” se sentó. Lo acompañaba su hijo Fredi José “El Cadete” -como lo conoce la gente-, su asistente, el mánager, dos amigos y su esposa Consuelo, quien lo peinaba, lo arreglaba, le daba goticas y Pedialyte, que él intercalaba con unos tragos de Old Parr. Hacía poco más de un mes había sido operado de un tumor en la columna, pero se veía fuerte, casi invicto de hospitales, y triunfante sobre una pasada cirugía al corazón y del síndrome Guillain-Barré: una enfermedad que sufrió durante su estancia en la cárcel y que paralizó casi todo su cuerpo.

Consuelo le dijo: “¿te acuerdas de que íbamos a ir a los Premios Shock?”. El Cacique un poco despistado no contestó pero sonrió y masticó un “ah bueno” cuando le conté que el año pasado en los Premios había estado su hijo Martín Elías. Nosotras permanecíamos sentadas y cautas siguiendo juiciosas “las instrucciones”, mientras Muñeca, una diminuta perrita Pinscher, se paseaba de un lado a otro y brincaba a las piernas del Cacique, que la consentía con cariño. Estábamos en una sala pequeña seguida del comedor, desde la que se veía la cocina al fondo; un apartamento normal, tal vez muy distante de algo rimbombante que la gente podría imaginar. Lo único que llamó mi atención fue un ternero blanco disecado en un rincón de la sala, que quizá forma parte de “las vainas de Diomedes”, como él les dice a sus dichos y costumbres, que por más fama y estrella siguen siendo en buena parte campesinos, con arraigo a la tierra, a las fincas, al cultivo y al ganado. Eso lo ha pregonado siempre y lo ha dejado en evidencia. Las paredes exhibían fotos de sus hijas menores Katiuska y Carmen Consuelo, y unas que le hicieron en España en su gira el año pasado. Los estantes sostenían portarretratos de algunos de sus hijos; no se sabe exactamente cuántos tiene, pero Sarasti nos contó que ya sobrepasa a Escalona, que tuvo 30. En un rincón frente a una pared roja, sobre una mesita con rosas y una veladora, se alzaba la Virgen del Carmen, su eterna patrona, a la que le ha hecho templos y cantos. De fondo se escuchaban canciones suyas reproducidas en un equipo que manejaba “El Cadete”. Sí, en la casa de Diomedes se oía a Diomedes.

Uno de los amigos de El Cacique, ya “tres quince” como dicen en la Costa, insistía en soplarme preguntas que yo no necesitaba. ¿Para qué? Estábamos en una reunión con el cantante de vallenato más grande de todos los tiempos. Lo único que me urgía era un whisky, y a Alejandra, un Valium. Ella, concentrada, nerviosa y sudorosa, más crespa que de costumbre, disparaba sin contemplación.

Con su lente escudriñaba la vida al artista y él, listo pa’ la foto, se dejaba.

UNA DE LAS CANCIONES QUE CANTO YO…

Le pregunté sobre su reciente concierto en México, que tuvo gran afluencia y fue televisado por Jorge Barón. Me contestó: “estuvo muy bien. Llevo 20 años yendo a México y la gente siempre me recibe con afecto. Cantar allí es como hacerlo aquí”. Me cuenta que ha ido a varios países y que de todos ha salido contento. La conversación nos lleva a hablar sobre Panamá y agrega, “ahora en ese lugar las cosas están más difíciles que antes”.

La música sigue sonando. Cuando acaba cada canción, El Cadete mira a su padre a ver cuál va a pedir. Esta vez Consuelo le sugiere Chispitas de Oro, y él asiente. El corte termina y el Cacique le dice a Fredi, “colóqueme la de ‘se oye un canto en la madrugada, ensenado en la lejanía entre notas de un acordeón’”. El chico no la encuentra y, de alguna manera, incitados por los amigos y hermanados por la belleza de tremenda composición de Diomedes, El alma en un acordeón (que grabó con Juancho Rois), todos terminamos cantándosela mientras él nos mira conmovido.

Consuelo lo sigue acicalando. Le cuento que Carlos Melo le manda saludos y veo que su cara se transforma en alegría. Con camaradería me contesta que lo quiere mucho y que es un gran amigo. Melo es un veterano locutor que pasaba en la radio las primeras canciones a Diomedes.

En ese momento recuerdo las historias que él mismo ha contado de cuando fue mensajero en bicicleta de una emisora -sin saber montar-, sólo para que le programaran sus composiciones.

Ratifico que no se olvida de esos viejos tiempos, no sólo por la alusión a Melo, sino por los cortes que está escogiendo: temas añejos con sabor a yuca que lo llenan de sentimiento. Veo a un Diomedes de lentos movimientos, que se incomoda un poco ante una cámara, que se porta en su casa de manera sencilla y que se estremece con sus propios cantos. Suena Tres canciones y apunta hacia Consuelo, “tomémonos otro traguito, ¿no?”.

Le pregunto si va a cantar clásicos y eufórico me arroja un “va a haber sólo clásicos esta noche para la juventud”. Me dice que en unos días entra a grabar su nuevo disco, La vida del artista, y que va con toda para salir a fin de año con composiciones de Calixto Ochoa, Yeyo Núñez, Máximo Movil, y que tendrá como súper invitado al Burro Mocho. Hablamos de Carlos Huertas Jr., quien al igual que en sus últimos trabajos será su productor, y con cara de canchero me asegura que no ha dejado de componer. Diomedes es una estrella con bastantes recovecos, con dotes de escándalo, una inmensa genialidad y la fuerza de gravedad de un hoyo negro, que pese a la controversia está en los estrados de la memoria musical del país, y él lo sabe. Le dice a su asistente, “bájame unos CDs pa’ las pelás”, y del segundo piso, donde están las habitaciones y un estudio en el que guarda su Grammy y sus discos de Diamante, Oro y Platino, llegan a sus manos varios discos. Toma El cóndor herido y Ganó el folclor y, sin pedírselo, nos los firma y remata nuevamente con beso y abrazo. “Con mucho gustooo”.

EL RITUAL DEL CACIQUE

Hay un poco de agite porque ya son las 11:30 p.m. y va siendo hora de salir hacia el concierto. Diomedes pide silencio en tres ocasiones. Los dos amigos están emparrandados; no se callan. Se acerca al rincón donde está la Virgen del Carmen y nos deja ser testigos de su ritual de siempre previo a los shows, totalmente desconocido para mí.

Apoya sus manos en la pared, cierra los ojos, reza, le acaricia la cara a la Virgen, le habla y la besa en la frente. “Ay ve, gracias, Virgen del Carmen, por darme tantas cosas bonitas…”. Nos fuimos.

PARA MI FANATICADA

En un bar de la calle 93 pasada la media noche arrancó la hora parrandera, en un show pequeño para 250 personas. Lo que yo no sabía era que sólo había una entrada y que Diomedes ingresaría en medio del público. Cuando El Cacique apareció la gente empezó a gritar, sus seguidores se abalanzaron sobre él; trataban de abrazarlo, de tocarlo, de llevárselo para la casa. Hasta los de seguridad olvidaron su oficio y se dedicaron a tomarle fotos. Esa misma imagen la he visto durante años, con multitudes o con poca gente; siempre lo quieren agarrar. Por fin logró emerger del tumulto y subir al escenario. Jaime Pérez, presentador oficial del cantante, lo anunciaba.

El concierto despegó con La plata. La fanaticada se emocionó mientras el guajiro con tumbao mostraba su pasito característico. En una tarima diminuta, haciendo malabares, se acomodaron doce músicos, Cacique, acordeonero y aguatero. No había finalizado la canción cuando desde el público llegó a sus manos un cuadro muy grande con su rostro. Él, animado, lo autografió y lo envió de regreso a su portador. Llevar una pintura a una parranda son ligas mayores de diomedismo; bueno, no tan altas como las de quienes le tienen templo y le rezan en La Junta, o las de unas mujeres que en un show, luego de una cirugía que tuvo, me decían que Diomedes ya estaba recuperado “como pa’ tenerle un hijo”.

Directo al corazón de los cachacos se viene el fulminante éxito Sin medir distancias, y veo un par de nenas llorando. Todos corean con fervor y Diomedes con manos en la cintura la remata diciendo de nuevo “con mucho gustooo”.

Luego suelta Mi primera cana, y la audiencia queda poseída. El Cacique sonríe y el diamante en su diente brilla. Con sabrosura invoca al Burro Mocho cantando una estrofa de El ñato mamarón, mientras los seguidores se trepan a la tarima para tomarse fotos a su lado. El más insistente sube, toma el micrófono y afirma que viene de Arabia Saudita para verlo. Ante el respetable delirante, Diomedes proclama: “yo soy de ustedes”. Y empieza La Reina. El calor es infernal, el aguatero lo rocía y, entre corte y corte, sigue brindando con suero y con whisky.

Desde muy cerca grabo en mi cabeza sus movimientos, pero cuando habla ya no entiendo nada. Suplico por unos subtítulos, y un señor al lado mío que tiene el don de la traducción me va contando. Desde el inicio el karma es el sonido, y ya a estas alturas del show el cantante está desesperado y dice: “el sonido no está muy bueno, pero no se arrepientan de nada, porque pa´lante es pa’ya”. La devoción que despierta Diomedes es latente, el público permanece hipnotizado. Unos alzan los rosarios para que los vea, otros le gritan Diosmedes. Para mí es Diomaiden, el verdadero rockstar colombiano.

Resuena la versión de Caray evocando a Juan Gabriel, su ídolo, luego una tanda de versos improvisados, un corte nuevo dedicado a los perros y un “gracias a mi conjunto por aguantarme la falta de educación”. Al final entendí esa frase cuando uno de sus músicos me explicó que trabajar con Diomedes es muy difícil porque se estresa y pelea con ellos. La nostalgia lo colmó entonando Mi muchacho, remembrando cuando de niño trabajaba en un potrero. El final llegó conuna puya que provocó contorsiones. El acordeón de Álvaro López arrebataba mientras El Cacique arrojaba al público toallas untadas de la colonia Jean Marie Farina (su favorita, a la que él le dice “María Farina”). Santiguándose, y como recogiendo la bendición entre sus manos y botándola a la audiencia, terminó el show, evidenciando una vez más la frase de una de sus canciones: “yo no sé si sea el primero, pero el segundo no soy”. La misma camioneta que lo trajo lo llevó de vuelta a su casa junto a su inseparable Consuelo, el asistente y su mánager. Nosotras volvimos a la realidad entre saludos y coqueteos de los músicos que acababan de salir a la calle, y entre taxistas que no nos querían llevar. Alejandra, exhausta, retornó sin cuerpo y yo, pasmada con la aparición después de anhelarla por tanto tiempo, quedé convencida del dicho de Diomedes: “al que le van a dar le guardan y si está frío se lo calientan”

Por Jenny Cifuentes // @jenny_cifu - Fotos: Alejandra Mar
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