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Razones Para Un Cacicazgo


Abel Medina Sierra

Le llamaron “El Cacique”, lo entronizaron como ídolo, lo calificaron como insuperable, lo catapultaron hacia el cimero sitial de los consagrados, lo revistieron de gloria y honra, le prodigaron fervor, lo coronaron como supremo mandarín de nuestras alegrías, le denominaron “El papá de los pollitos”, “El mampano”, “El mandacallá” y miles epítetos más. Le siguieron sus pasos, cantaron y bailaron a saciedad sus discos. Le robaron besos, autógrafos, fotos y saludos en tarima o grabaciones. Al morir lo instauraron en los linderos de la eternidad y la inmortalidad, lo seguirán adorando como DIOS-MEDES, como la más alta cifra del canto vallenato. Porqué lo hicieron, porqué se ganó ese sitial, porqué él y no otros. Razones que también tienen su parte de emoción y subjetividad, razones que desafían la racionalidad pero que son razones. He aquí algunas de esas claves.

La superación

La gran mayoría de los cantantes que emergieron desde finales de los años 60´s hasta mediados de los 80´s, periodo cenital en la emergencia de los mejores cantantes del género vallenato, provenían de un sustrato rural y campesino, de unas condiciones precarias de existencia, marginalidad y miseria. Diomedes Díaz no fue la excepción, una niñez “entre La Junta y Patillal, sobre lomas y sabanas”, una humilde estancia que no llegaba ni a pequeña finca llamada “Carrizal”, cerca al cerro El Higuerón, fue su lugar de nacimiento. Cuando comenzó a cantar sus primeros versos no fue bien ponderado, en las parrandas del pueblo donde Luis Alfredo Sierra ejercía hegemonía como acordeonero, cantante, mago, malabaristas y humorista el futuro cacique no era bien recibido. Siempre a la caza de un chance esquivo para demostrar sus condiciones, pocos querían escuchar a quien despectivamente Luis Alfredo llamaba “Chivato” por su voz destemplada y aguda.

Al momento de su muerte, a la hora de los balances, su entrañable amigo Joaco Guillén recuerda que nunca, ni el mismo Diomedes Díaz, se imaginaba en sus comienzos que llegaría a ser cantante, mucho menos el más famoso entre los vallenatos. Se veía como un compositor que de vez en cuando pudiera sonar en el disco de los Hermanos Zuleta o los Hermanos López, grupo en el que se enroló como asistente sin lograr que Oñate o los otros cantantes del grupo le grabaran una canción. Diomedes también llegó a reconocer que de su primer álbum (la mayoría de canciones las cantó embriagado), solo se salvan pocas canciones pues fue muy mal cantado.

Nadie apostaba que Diomedes, ese muchacho mueco y con rasgos evidentes de una raíz arhuaca o wiwa, de voz chillona, de gritos desaforados “¡Aíiiiii¡” de las primeras grabaciones con Naffer Durán o “Debe” López, pudiera entronizarse como la voz más vendedora y exitosa de un género que comenzaba a erigir a la figura del cantante como el protagonista del futuro. De esa voz de “chivato” de La Junta, Diomedes llegó a ser la voz más edulcorada, capaz de cualquier registro. Lo ponderaron como el intérprete que mejor conocía su voz, se dijo de él que casi nunca cantaba una canción de la misma manera, que jugaba con su color, que pudo haber cantantes de mejor voz pero su canto tenía “un sabor” inigualable. Por todo eso, tanto por su origen humilde y campesino como por su cualificación vocálica, Diomedes representa y testimonia, quizás, el mayor ejemplo de superación en la música vallenata. El sentir popular encarna en ídolos como Diomedes sus ansias de superación, su propia aspiración por escalar los andamios de la fama por su tesón y persistencia, redimirse por su talento natural sin olvidar el camino por el que se llega a la cima. Diomedes es la imagen más encomiable de esos campesinos que luego descollaron desde la marquesina y así entendemos “…la vida es un baile/ Y con el tiempo damos vuelta”.

La idolatría 

Diomedes Díaz en sus 33 años de vida artística dejó un hito memorable para toda la historia de la música popular vallenata: fue el primer fenómeno musical del género. Artistas con fama hubo antes del hijo de Rafael María Díaz y Elvira Maestre Hinojosa. Alejo Durán y su carisma, Luis Enrique y su magia digitadora, Alfredo Gutiérrez y su modernización del vallenato, Calixto y su genio creativo, Jorge Oñate y Poncho Zuleta y su chorro portentoso de voz. Pero ninguno llegó a instaurarse como fenómeno, como movilizador de masas, como intérprete capaz de llevar a su público a un paroxismo exultante.

Hubo fanáticos de Alfredo Gutiérrez o de los Zuletas pero no hubo “alfredismo” ni “zuletismo” como si hubo y seguirá habiendo “diomedismo” entendido como una fuerza popular anónima y fiel a su ídolo. Esa misma que fundó la moda de hacer colas para comprar su último disco, la que inauguró la práctica de concurridas y multitudinarias caravanas de lanzamientos de discos que hoy son tan comunes. Fue ese mismo diomedismo el que hizo del 26 de mayo, día del cumpleaños de Diomedes, un festivo más en el mapa de celebraciones del país. Esa fanaticada que forzó a que las principales emisoras del Caribe colombiano crearan programas todos los días como “La hora de Diomedes Díaz” para complacer una creciente y siempre leal clientela que “muele a la lata” las canciones de su ídolo.

Diomedes Díaz fue recíproco con su público y con eso animó a ese fervor llamado diomedismo. Fue quizás el primer intérprete que compuso canciones a su público (como “Para mi fanaticada” y “Cantando”) y que siempre tenía un saludo para ellos: “Para todos mis seguidores, con mucho gusto” o “Viva mi fanaticada”.

Diomedes fue el primer ídolo de la música vallenata. Logró calar tanto en el pueblo melómano y las preferencias musicales que su fanaticada logró a demostrar por él un fervor casi religioso. Se han revelado que algunos fanáticos llevan verdaderos altares en honor a su ídolo en sus casas, las muestras de fanatismo e idolatría que se han dado por Diomedes no se han presentado con otros intérpretes del género.

Algo que será difícil de explicar serán las claves de cómo este campesino espontáneo logró erigirse en uno de los más grandes ídolos de la canción popular no solo en Colombia sino Colombia y países vecinos. Otra forma de calar en el corazón de la gente fu su devoción por la advocación de la Virgen del Carmen, otro ícono de la cultura popular. Esto lo ayudó a revestirse de cierto poder reverencial para sus seguidores. Luego de su repentino fallecimiento, bien podemos apreciar en el cementerio donde yace o los homenajes que se le han tributado, que ya existe toda una imaginería alrededor de su recuerdo: estampas, afiches, llaveros, tazas, correas, calcomanías, recordatorios al mejor estilo de los ventorros en las fiestas patronales de nuestros pueblos.

El laureado

Diomedes Díaz como fenómeno musical tiene las mejores credenciales para refrendar que fue el número uno en las preferencias musicales del público vallenatero. Desde “Herencia musical” su primera grabación como cantante en 1976, hasta el álbum “La vida del artista” que lanzó cuatro días antes de su deceso, acumuló con creces todos los lauros posibles y alcanzables para un artista vallenato. Diomedes el que logró posicionar centenares de éxitos que han traspasado las fronteras de Colombia, el compositor de cientos de páginas gloriosas del género vallenato, el que vendió casi 16 millones de copias, el que conquistó 22 Discos de Oro, 23 de Platino y 13 Doble Platino, 3 Quíntuple Platino, el que se impuso con sendos Congos de Oro en el Festival de Orquestas y Conjuntos del Carnaval de Barranquilla (1983 y 1990). El mismo Diomedes que en el 2010, cuando ya su carrera musical estaba en declive, sorprendió al ser galardonado con el Grammy Latino en la categoría Vallenato-Cumbia lo que fue un justo reconocimiento a toda a una trayectoria pletórica de éxitos.

Todo eso convirtió a este humilde campesino en toda una mina de oro, casas disqueras y empresarios cosecharon caudales por el talento de este intérprete que tuvo poca cautela para atesorar las rentas de su exitosa carrera. Diomedes ganó amigos, dinero y fama, conquistó todos los premios pero el más grande fue haberse anidado en la parte más sensible del corazón de miles de seguidores, allí donde solo se acogen a los verdaderos ídolos.

El estilo diomedista

Otra arista para dimensionar y comprender a Diomedes Díaz como fenómeno, es mirarlo desde su personalidad, sus maneras, su actuación. Fuimos configurando en el imaginario un artista no solo desde un estilo para cantar. Parte del éxito de Diomedes y clave profunda de la idolatría que fundó son sus gestos, sus posturas (e imposturas). Cada gesto o pose de Diomedes era calculado, histriónico, enfatizado. Antes de responder una pregunta a un periodista, se acomodaba en la silla, se remangaba la camisa, se ponía de perfil y esbozaba esa generosa sonrisa (esta última estrategia siempre fue usada por Misael Pastrana). Sus manos cruzadas en el pecho, esos mismos gestos que podían tener un nombre pues solía acompañar de una frase paradigmática como el gesto de “con mucho gusto” o el de “se las dejo ahí” o “mis seguidooores” (también solía prolongar algunas vocales). El día que un experto en semiología del comportamiento no verbal o en perfomance se adentre en estudiar los gestos y posturas de Diomedes, nos revelaría qué tanto incidió esto para hacer de él el primer intérprete en tener una fanaticada propia, una fervorosa romería colmada de fanatismo. Pero le quedará difícil explicar cómo este humilde campesino tuvo la inteligencia natural de construir su propia imagen (no hay pruebas que haya sido asesorado) escogiendo con sutileza cada una de sus fórmulas de encantamiento y reiterándolas, que es una clave de lo popular. Al salir a un escenario, un solo gesto de Diomedes, sin abrir aún sus labios para cantar, ya hacía delirar al público y entraba en comunión con este bajo esta especie de conjuro mágico. Eso no se puede decir de los demás intérpretes del género vallenato aunque Silvestre ya camina por esa misma senda. Diomedes es el gran artista no solo por su calidad vocálica sino también por esa imagen que proyectaba y esa se construyó con esas poses y las frases que siempre usó.

Esos gestos histriónicos de Diomedes nos hacen recordar un caso similar aunque con un personaje funesto. Se trata del mismo Adolfo Hitler que para consolidar su poder político y su imagen como líder del pueblo, fue muy cuidadoso escogiendo los gestos, poses y posturas claves para encantar al pueblo, muchos de los mismos los tomó de los cantantes de ópera y actores y le rindió mucho éxito. El poder que logró Diomedes fue para el bien afortunadamente: alegrarnos el corazón y aunque hayan enterrado su cuerpo queda su fama para la posteridad.

Fue este estilo el que diseminó varios epígonos que emularon los gestos y la forma particular de interpretar el vallenato. Desde sus hijos (Rafael Santos, Martín Elías, Diomedes Dionisio, Luis Ángel y Elder Dayán), pasando por sus hermanos (Elvert y Rafael) hasta otros emuladores como Farid Ortíz (en sus inicios), Enaldo Barrera (“Diomedito”), Rafael Maestre (Diomedes de “Yo me llamo” y muchos cantantes más que siguen la impronta de un estilo que perdurará como garantía de éxito.

El canta- autor autobiográfico

El cancionero de Diomedes Díaz fue prolijo, nunca le faltó la musa a pesar de los afanes y limitaciones de tiempo y espacio que impone la actividad como cantante y la condición de ídolo asediado. Los más acuciosos coleccionistas y antologadores del vallenato como Wilfredo Rosales cifran en aproximadamente 150 canciones las obras de este inspirado compositor y cantante. De estas, Diomedes llegó a grabar 88 y tuvo en Emilio Oviedo, uno de sus descubridores, el músico que más le grabó sus canciones con distintos cantantes.

La gran mayoría de sus mejores canciones fueron grabadas por el mismo Diomedes pero los melómanos recordarán éxitos memorables como “Cariñito del mi vida” grabada por Rafael Orozco y Emilio Oviedo, “Bendito sea Dios” por los Hermanos Zuleta, “Mañana primaveral” por parte de Jorge Oñate y Colacho Mendoza, “El dolor de cabeza” al estilo de Freddy Peralta y los Hermanos López, “La sombra” con la voz de Iván Villazón y el acordeón de Raúl “Chiche” Martínez, “Pecado original” grabada originalmente por Jairo Serrano y Pompy Rosado, “Flor de papel” con Rafael “El Cachaco” Jiménez y “Pangue” Maestre,“Qué hubo, qué tal” grabado por Furor Guajiro como joyas de esta música y muestra de lujo del mundo creativo del Cacique. Es de recordar que su primera canción compuesta fue “Elida de mi corazón” (paseo) fue dedicado a una joven de La Junta y permanece inéita. Sus primeras obras grabadas fueron “La negra”(paseo) y “El cantor campesino” (merengue) grabadas por Luciano Poveda y Jorge Quiróz en 1975.

Su primera participación en un gran festival fue en el de la Leyenda Vallenata y se metió entre los finalistas al ocupar el tercer lugar. Fue en 1976 y participó con la canción “El hijo agradecido” que sería grabada por Pedro García y Florentino Montero. En el 2001, cuando cumplía su condena, participó en el Festival Cuna de acordeones de Villanueva con la canción “El perdón” ganando el primer lugar con lujosa interpretación de Ñeco Montenegro en el canto y “Pangue” Maestre en el acordeón. La canción sería después grabada por Diomedes.

Diomedes le cantó a sus amores y desamores, a su padre y su madre, a sus hijos y amigos; también a sus enemigos y detractores pues se recuerdan canciones como “La rasquiñita”, “Señor abogado” y “No se molesten”. Pero si algo distingue y resalta a Diomedes como autor es que fue el más autobiográfico de los compositores de su generación. La biografía de Diomedes está demás contarla porque ya está bien revelada en sus canciones. Fue un intérprete que testimonió en sus cantos desde los hechos más trascendentales hasta los más triviales en su trasiego existencial. Desde su nacimiento y niñez en “26 de mayo”, su superación en “El profesional”, la crianza de sus hijos con “El muchacho”, su trayectoria discográfica y uniones musicales en “Mi vida musical”, su penoso martirio ante la enfermedad en “Volver a vivir”, ante la justicia y el abandono de los amigos en “Experiencias vividas”, la llegada de la vejez con “Mi primera cana”, la pérdida irreparable de un amigo con “El ahijado” y “Un canto celestial”, su devoción religiosa por la Virgen del Carmen con “A mitad del camino” (entre otras). No solo registra su vida, también, en forma premonitoria anuncia lo que sucedería con su deceso en la canción“Cuando me muera”:

Cuando muera que entierren mi cuerpo
Pero afuera se queda mi nombre (Bis)
Primero entierran mi cuerpo
Y afuera dejan mi nombre (Bis)

El repentista

Grandes verseadores y repentistas ha tenido el vallenato. Desde “Toño” Salas y “El Mono” Fragozo hasta las redondillas reflexivas del “Cieguito” Alcides Manjarrés, loa agudos y lancinantes como los de Iván Zuleta, Luis Mario Oñate, o el juntero José Félix Ariza, los festivos (y bailados) de Andrés Beleño y William Felizzola. Incluso, intérpretes famosos como Poncho y Emiliano han dado muestras de un verso pulido y buena condición para la piquería, herencia del viejo “Mile” Zuleta.

Todos ellos es posible que hayan sido mejores repentistas que Diomedes Díaz; sin embargo, ninguno despierta tantas expectativas e interés del gran público como cuando el Cacique regala sus versos improvisados. La gente valoraba los versos de Diomedes como un ingrediente que no podía faltar en una de sus presentaciones y eso nació con Diomedes en el vallenato. A ningún otro intérprete le exigen ese alarde de ingenio que es muestra de capacidad para repentizar, de halagar a los asistentes y al pueblo que lo acoge.

Los versos de Diomedes cuando repentiza, son festivos, jocosos, colmados de entusiasmo y autoexaltación y una muestra de cariño hacia sus seguidores. Fue esa práctica de “adobar” sus presentaciones con redondillas o cuartetas que hizo que cada presentación de Diomedes fuera especialmente distinta, lo que generó un gusto preferente por las grabaciones en vivo. Las denominadas grabaciones “de parranda” nacieron desde el diomedismo a inicios de los años 80´s cuando Diomedes se trepó a la cima de los intérpretes vallenatos sin que haya bajado nunca. Diomedes hacía de cada presentación un ritual diferente: canciones nuevas, revival de algunas viejas, sus versos, paratextos y metatextos y cada fanático quería tener el registro de esa presentación. Bien sabemos que la versión de “La plata” con su célebre “¡marica, lambón¡” tuvo más éxito que la que aparece en el disco.

Emergieron los coleccionistas de presentaciones de Diomedes (recordemos al extinto “Toño Casete”, Antonio Vergara Zuleta); no había terminado bien Diomedes una presentación cuando la grabación ya se vendía en cada esquina de los pueblos del país. Ese potencial repentista de Diomedes tiene mucho que ver con esa práctica que se volvió tan común que muchos prefieren las versiones acústicas (en vivo) que las acusmáticas (grabadas en estudios).

El cantor de la nación 

Para algunos analistas del fenómeno vallenato, como Emmanuel Pichón Mora, no se puede hablar del “vallenato” como una categoría genérica monolítica sino de “vallenatos”, entendido esto como una etiqueta que arropa varias formas, estilos, ritmos, aires y formatos. Algo equivalente a lo que sucede con la etiqueta de “salsa” que arropa una multiplicidad de géneros.

Es esta variedad lo que hace que actualmente existan varias zonas musicales en el vallenato, es decir, cada zona prefiere y consume cierto formato de vallenato. Poe ejemplo, en Valledupar y La Guajira hay preferencias por el vallenato clásico al estilo Luis Enrique Martínez y la Nueva Ola en las generaciones actuales. En las tierras sabaneras se escucha mucho el formato de fanderengue que han impuesto Miguel Durán senior y Jr así como las cumbias con acordeón y el estilo sabanero. En la zona andina hay hegemonía del vallenato sensiblero de grupos como Los Inquietos, Los Gigantes, Los Chiches, Binomio de Oro, Jean Carlos Centeno o Alex Manga. También en los grandes centros urbanos como Bogotá, tiene especial acogida el formato de tecno-vallenato o vallenato urbano de Gussi y Beto, Fonseca, Carlos Vives o Carlos Mario Zabaleta.

Por lo anterior, existen intérpretes que tienen éxito en una región pero poco se escuchan en otra. Nelson Velásquez y Jean Carlos Centeno poco se escucha en sus pueblos natales (San Juan y Villanueva) pero tienen gran éxito en la zona andina y en Venezuela. Andrés Landeros y Los Valbuena son ídolos en México pero no se escuchan en ciertas regiones de Colombia. Pese a esto, existen pocos intérpretes que logran atravesar todas esas diferencias y fronteras musicales. El que más lo ha logrado es Diomedes Díaz, su estilo integra la nación, desde los wayuu (es su músico preferido) hasta los cachacos, rolos y santandereanos; desde sabaneros hasta ribereños del Magdalena; desde los pueblos más pequeños hasta las grandes urbes; desde el campesino hasta el puppy y el ejecutivo de clase alta.

Diomedes Díaz interpela a la nación, es un ídolo popular del país, cala en la sensibilidad del pueblo raso y de las élites, por ello bien representa esa ponderada capacidad del vallenato como el género musical que más congrega la nacionalidad. 

El mártir

Diomedes recibió muchas críticas por parte de empresarios y periodistas por sus recurrentes incumplimientos de contratos, algunos de los cuales, originaron asonadas y problemas de orden público. “Noviene Díaz” comenzaron a llamarlo, cosechando así una mala fama de incumplido e irresponsable. A lo largo de su trayectoria, tuvo que mantear múltiples demandas por incumplimientos a contratos de presentaciones. Las demandas también afloraron por inasistencia alimentaria y de paternidad responsable o por propiedades conyugales. Todo esto, como efecto de una agitada vida sexual y de promiscuidad de la que quedan, según algunas cuentas, más de una veintena de hijos regados por todo el país.

Como es sabido, Diomedes estuvo en el ojo del huracán mediático y la picota pública por un problema juridico. Estos hechos tuvieron un enorme costo económico, de imagen y de continuidad de su carrera. Diomedes indiciado, prófugo y condenado. Sin embargo, aunque la prensa nacional se ensañara con el Cacique, su público seguía fiel a una idolatría que nunca menguó. Su fama permaneció invicta, incólume ante estos desafíos que a cualquier celebridad deja por fuera del círculo exitoso.

Conjuntamente con los líos penales sobrevino la enfermedad, el síndrome de Guillain Barré que lo redujo a una silla de rueda, posteriores complicaciones cardiacas, accidentes, operaciones de columna vertebral. La vida del Cacique se volvió tormentosa, pero siempre emergía coma ave fénix para cantar su revancha. Todas estas contingencias y desafíos fueron configurando en el imaginario popular un Diomedes martirizado, una víctima ante la justicia, los empresarios, la enfermedad o los vicios. La gente miraba a Diomedes como alguien amenazado que había que proteger, al hijo “bellaco” pero hijo amado al fin, al que había que tolerarle sus excesos porque era Diomedes. Al convertirse en un mártir del pueblo, Diomedes y sus escándalos eran parte de un mundo en el que los ídolos se asocian con la desmesura. 

El vitalista 

En los días de duelo por la partida de Diomedes, los medios documentaron a saciedad la entrevista que concedió Diomedes a Ernesto Mc Causland en la que confiesa su terror hacia la muerte, incluso, la manera como esquivaba un tema que solo con tocarlo, le producía pavor.

En mundo vallenato recuerda a Diomedes como un intérprete que rendía culto a la vida, la exaltaba y gozaba. Tanto gozo hizo que su vida fuera tan corta. Frases como “Viva la vida y que mueran los pesares”, “Ay mi vida, pa que no se acabara”, “No es nada que uno se muera sino lo que dura muerto” son testimonios de una actitud vitalista donde prevale el ethos frente al thanatos. Con ello Diomedes también interpela en sentir del pueblo vallenato y la provincia donde nació. Si algo caracteriza a la música vallenato es su carácter festivo, la muerte se minimiza, se ridiculiza. Cada vallenato es una celebración por la vida, los músicos vallenatos como Diomedes obedecen a unos principios dionisiacos donde el placer y el hedonismo marcan un estilo de vida. El maestro Escalona solía decir que en oposición a lo que sucede con géneros como la ranchera, el bolero o la música popular de cantina, no se escucha decir que alguien se suicidó escuchando vallenatos. Si el vallenato es un himno a la vida, Diomedes es un apóstol que pregonaba su disfrute. 

Autor:

Abel Medina Sierra, docente, investigador cultural y escritor con 18 obras publicadas, 8 de ellas sobre música vallenata. Nacido en Maicao.
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