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La gran soledad del asistente personal de Diomedes


“Siento su ausencia infinita… tengo una foto frente a la cama mía donde estamos los dos en el Santuario de Monserrate, me quedo mirándola fijamente por largo rato, lloro y me pregunto ¿por qué me dejó solo?”

La reflexión, cargada de recuerdos, se la hace Diego Fernando Martínez Salazar en las afueras de la Iglesia Jesucristo Resucitado de la calle 152 con carrera 50, de Bogotá.

El pasado sábado 22 de febrero se cumplían dos meses del fallecimiento de “su jefe, amigo, hermano, cuñado y hasta papá” Diomedes Díaz Maestre. Él, con su familia, se acercó a esa parroquia del norte capitalino y pagó una misa por su eterno descanso, a la que asistieron Carmen Consuelo, Katiuska y Fredy José, los últimos hijos del cantante; Evangelina Salazar, su mamá; y sus propios hijos, Charo, Santiago y “La gordita”.

Se habló con Diego Fernando Martínez Salazar, quien nunca ha dado declaraciones a los medios de comunicación.

Martínez Salazar fue el asistente personal de El Cacique de la Junta desde septiembre del 2007 hasta ese domingo 22 de diciembre del 2013 cuando el legendario cantautor dejó de existir en su casa del Barrio Los Ángeles, de Valledupar. Diego ayudó a cargar el cuerpo de Díaz para montarlo en la camioneta y llevarlo a la Clínica del Cesar, en donde se confirmó su deceso.

Este bogotano, de 34 años, del barrio San Francisco, era la persona más cercana al cantante junto con la que fuera la última compañera que tuvo Díaz Maestre, Luz Consuelo Martínez Salazar, su hermana. A través de ella conoció al músico hace más de dos décadas y desde hace más de un lustro era, si se quiere, su “alter ego”, su otro yo. Donde estuviera Diomedes, estaba Diego Martínez.

“Trabajar con Diomedes Díaz fue lo mejor que me ha pasado en la vida, viajamos por todo Colombia y varios países, él era un ídolo adonde iba y fui testigo de todo eso”, dice este joven de 1.70 de estatura, 65 kilos de pesos. Actualmente busca el sosiego y “vivir en paz y tranquilidad.”

Dice que sus recuerdos lo llevan no solo al artista sino también a la persona que la mayoría no conoce y que él si conoció de cerca.

“Pocos saben que él se ponía a jugar con sus hijas a las que les daba las muñecas, les daba el tetero, les cambiaba los pañales, las vestía muchas veces, muchos se quedaban aterrados al ver a un Diomedes Díaz haciendo eso, pero eso lo viví yo y doy fe de ello”.

Del cantante afirma “que se quitaba el pan de la boca para dárselo a otro, él regalaba plata, mercados y lo que hiciera falta y eso muchos lo vieron. Como todo ser humano tuvo aciertos y errores pero siempre fue un hombre humilde, desprendido”.

La última vez que habló con Diomedes lo hizo a la medianoche del 21 de diciembre. Estaban los dos en el primer piso de la casa de Los Ángeles y el cantante le dijo:

-“Cuñao, me voy a recoger, lo quiero mucho”.

Llevaban una semana intensa de trabajo. El cantante había lanzado el 19 de diciembre el que sería su último trabajo discográfico: “La Vida del Artista”; viajado y tocado en la discoteca Trucupey, del Centro Comercial Portal de Prado, en Barranquilla, el 20 y retornado a Valledupar en las horas de la madrugada.

“Estábamos super cansados y le dije a mi hermana que me iba a dormir y que si cualquier cosa, si se despierta el “señor” me llama”, recuerda Martínez citando el calificativo con el que se dirigía la mayoría de las veces a Díaz Maestre: “Señor”.

“Hoy siento soledad, vacío, él era un hombre que daba muchos consejos, sabía mucho de la vida, me enseñó muchas cosas que no tendré jamás como olvidarlas ni como pagárselas”.

“Cuando llegué a la habitación él estaba boca arriba, adentro ya estaban Álvaro Daza, el conductor; “Casianni”, el cuidador de la casa, “Picho”, el capataz de la finca; y mi hermana, yo lo toqué y estaba frío, salimos corriendo y lo montamos a una de las camionetas para intentar salvarle la vida, en minutos estuvimos en la clínica pero no había nada que hacer”, recuerda con nostalgia.

“En más de una ocasión pensamos que nos íbamos a morir en los aviones, tuvimos muchos sustos, como cuando íbamos para Cúcuta en una avioneta y el aparato cayó en picado, en esos instantes él sufrió mucho pero el piloto logró maniobrar y hacerle cobrar altura”.

“Una noche íbamos rápido en el carro y se nos atravesó en la carretera un toro grande y negro de ojos blancos, logramos esquivarlo, Diomedes decía que el que se nos atravesó fue el diablo”, dijo Martínez Salazar al paso que evoca con nostalgia muchas cosas. “Él era el jefe, el que mandaba, el que decidía, con todo sus aciertos con todos sus errores, era un líder”.

De los conciertos recuerda que “la gente quería abrazarlo a como diera lugar, tocarlo, cogerlo como si él fuera un objeto y a mí me tocaba pelear con la gente”, dice mientras esboza una sonrisa.

“Yo le manejaba la ropa, los viajes, la maleta, sabía qué le gustaba y qué no le gustaba, le hacia terapia para los pulmones, me tocaba darle las pastillas del corazón que eran de por vida… era su compañerito pero siempre Diomedes era el que decidía todo”.

“¿Qué siento hoy? Siento que se fue parte de mi vida y siento una enorme tristeza por mi que no hubiera vivido 100 años para que disfrutara más de sus hijos, de sus nietos, de sus verdaderos amigos”.

“Ahora quiero una vida tranquila, cuando yo llegué a la vida del ‘Señor’ él ya estaba hecho y derecho, con sus cosas buenas, con sus cosas malas como toda persona pero yo antes de ser un cuñado, era un empleado de él y al final me llevo la seguridad de que Diomedes Díaz vivió como quiso vivir”.

Medio y prensa enviado por: K&K.
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