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Crónica: Gracias a Diomedes Díaz, el ‘Ecce Homo’ es un camposanto musical


Por Juan Rincón Vanegas.

Desde que fue sepultado el artista Diomedes Díaz Maestre en el parque cementerio Jardines del Ecce Homo, en Valledupar, la tranquilidad del lugar no es la misma porque llegó un nuevo ‘residente’ con una gran cantidad de seguidores. 


Ahora, es frecuente escuchar su música a toda hora porque de todas partes llegan a visitar la tumba del artista, la famosa 1108, la que ha traído hasta buena suerte para muchos apostadores del chance. 

Cuando se le pregunta a uno de los jardineros sobre los cambios sucedidos desde la tarde del 25 de diciembre de 2013, cuando fue sepultado el artista, reconoce que la dinámica en el camposanto cambió del cielo a la tierra. 

“Desde el día que fue enterrado la tumba de Diomedes se convirtió en la más visitada. Así como la gente acudía en masa a sus espectáculos, así pasa ahora con su tumba. Eso es asombroso”. Y sigue anotando: “En el tiempo que tengo de trabajar acá, no había visto eso. Diariamente, es el muerto más visitado, se nota que lo extrañan mucho porque le traen flores, le rezan, y además, le ponen su música”.

Visitantes excéntricos

De esta manera, distintos hechos suceden en el pequeño espacio donde está sepultado ‘El Cacique de La Junta’. Precisamente, desde el departamento de La Guajira llegó un hombre y su familia en un vehículo último modelo a ‘visitar’ al cantautor. Se arrodilló, habló cerca a la lápida y luego dijo en voz alta: “Diomedes, todavía no era el tiempo de irte, pero Dios lo quiso así”. 

Enseguida regresó a su carro, sacó una botella de whisky y la derramó sobre la tumba. Sacó otra botella del licor escocés y comenzó a repartir trago entre los presentes, porque “ese era el gusto de Diomedes y así hay que recordarlo, tomando y tomando. Es que escuchar sus canciones sin un trago no me suena”. 

No contento con lo anterior, sacó un billete y se lo dio a una anciana que había llegado a visitar la tumba, aduciendo que su hijo mayor, ya fallecido, había sido fiel seguidor del artista. “Mi hijo, allá en el cielo, no me perdona que no hubiera venido a rezarle a Diomedes”. 

Cuando el excéntrico guajiro se iba, subió el volumen a la música y partió feliz porque había cumplido la voluntad de su ídolo.

El poeta del Cacique 

En medio de la concurrencia apareció Pacho Luis Flórez, así dijo que se llamaba, y además que era poeta. “Vengo desde muy lejos, desde la cúspide de la naturaleza a traerle unos poemas al artista más grande de la música vallenata”. 

Cuando se percató que le iban a grabar su concierto de palabras, pidió que no lo hicieran porque era un recital exclusivo para el rey del canto vallenato. 

Entonces comenzó: “Los cantantes no mueren, viven en su obra, se pasean por el corazón y hacen posible que nunca los olvidemos”… 

El poeta guardó silencio un momento, y enseguida dedicó un poema con los títulos de varias de las canciones de Diomedes. “Allá donde estás sigues firme como el guerrero”. Los aplausos fueron espontáneos, enseguida el poeta pidió un regalo y los presentes le dieron varias monedas y unos cuantos pesos. 

Partió contando sus pasos, satisfecho porque le llevó su talento a ‘El Cacique’, ese talento innato que no se compra, ni se vende. 

La vida del artista

En el camposanto cualquier persona que llega a la tumba de Diomedes Díaz tiene su propia historia para contar, pero de repente apareció Eneida Isabel Cuadros Solís, quien impresionó porque es la única en el mundo que tiene en su casa una cantidad incontable de detalles del artista. 

En verdad, en San Juan del Cesar, La Guajira, Eneida tiene una habitación llena de camisetas, gorras, bolsos, collares, pulseras, aretes, fotos, afiches, casetes, discos, CDs, cuadros, recortes de revistas y periódicos, todo con la estampa de Diomedes. Además, un equipo de sonido donde únicamente han sonado las canciones de su ídolo. 

Enseguida, sorprende con una maleta donde tiene una inusitada cantidad de fotos, autógrafos, y como si fuera poco, el registro civil de Diomedes Díaz Maestre. Entonces, sin más preámbulos, recuerda al cantor campesino que vio en distintos escenarios, que lo trató en varias ocasiones y el mismo que le regaló una toalla pequeña, color blanco, que todavía no ha lavado y ahora menos lo hará. 

“La calidad humana, el carisma y la voz de Diomedes se metieron en mi corazón desde muy joven. He sido una de esas seguidoras que por mi cuenta le hago en fechas especiales mi propio agasajo. Por ejemplo, cada 26 de mayo despierto a los vecinos poniendo infinidad de veces la canción ‘Tu cumpleaños’ y al mediodía brindo una comida. Y cuando salía un trabajo musical ni se diga, la bulla era grande”, dice muy orgullosa. 

Ella, siempre soñó que su ídolo conociera el templo que con mucha dedicación le hizo donde los recuerdos tienen caras alegres y música de acordeón. Precisamente, cuando habla de eso se enguayaba porque su artista se fue cuando ella estaba feliz celebrando las canciones que había entregado en la producción musical ‘La vida del artista’.

Ni después de muerto

Los días van pasando, y hasta la tumba del artista siguen llegando seguidores a ponerle música desde sus vehículos o a cantarle con acordeón, guitarra o a capela. Lo importante es recordarlo con su música. 

En medio de las brisas que presagian la llegada del fin de año, el parque cementerio volvió a convertirse en escenario de noticias relacionadas con sus ‘residentes’. Carlos Arturo Fabra Morales, un hombre de 41 años ingresó en horas de la noche al Ecce Homo y destruyó varias lápidas, entre ellas la de Diomedes Díaz, en un ataque producto de una posible perturbación mental. 

Diomedes, considerado el más grande artista del género vallenato, a quien no dejan sólo sus seguidores ni aún después de muerto, revalida desde el más allá la frase con la cual le respondió a Ernesto McCausland lo que él pensaba sobre la muerte: “No sé, Ernesto, no sé”.
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