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La pasión desbordada de Fredy De Jesús, Diomedes vive en mi casa


Las razones por las que un artista popular logra despertar pasiones, devoción respeto y admiración en miles y miles de personas alrededor del mundo es un interrogante que hasta nuestros días no ha encontrado una respuesta concreta. Lo que sí está claro es que fenómenos como el de los Beatles, Diomedes Díaz o Shakira generan a su alrededor un aura de aceptación e influencia que ha superado, incluso, el reconocimiento de autoridades políticas mundiales y poderosos conglomerados económicos, consolidando la industria del entretenimiento.


Para demostrar la simpatía y afinidad por la producción musical de un artista no se requiere publicar la declaración de renta, ser miembro de un club social o estar empleado en una prospera transnacional. Simplemente dejar fluir la pasión, coleccionar sus obras y gritarlo a los cuatro vientos. Razones básicas para encontrar entusiastas seguidores en todas las esferas sociales, en diversas profesiones y oficios, donde ni el género ni la religión se oponen y los gamonales políticos son complacientes con las preferencias de sus gobernados.

Dentro de los millares de seguidores que el cacique de La Junta enamoró con sus canciones encontramos a un personaje singular con una historia de vida ligada al devenir artístico de su ídolo, desde el mismo momento en que inició su vida musical en 1976 hasta el fatídico 22 de diciembre de 2013 día en que el más grande cantautor vallenato falleció. Dos grandes pasiones marcaron la vida de Fredy De Jesús Gamero Polo, la obra musical de Diomedes Díaz y el glorioso equipo de futbol Unión Magdalena. La inclinación por este último fue un regalo de su señora madre, quien contagió de amor a sus seis hijos por el ciclón bananero desde muy niños. En casa de la señora Mercedes, ubicada en el barrio Carreño, de Ciénaga, la actividad dominical se cerraba con la trasmisión que hacía Radio Galeón de los partidos del Unión Magdalena. Jornada que solía terminar en una fiesta que bordeaba la madrugada del impertinente lunes si su equipo ganaba o en el más profundo de los lutos y encierro inmediato si el Unión era derrotado. Este vaivén emocional se fijó en los sentimientos de nuestro personaje hasta convertir al club deportivo en una de las pasiones de su vida.

Pero toda su concentración se la arrebataría la fogosidad que nació un día al interior de un salón grande de bahareque cubierto por gruesas capas de pintura que se debatían entre un blanco envejecido y un amarillo salitroso, techo de zinc oxidado, un tanto podrido que en invierno era incapaz de detener la lluvia, piso de cemento rustico con diminutas grietas que atravesaban el salón de principio a fin, las paredes lucían decoradas por imágenes borrosas de voluptuosas mujeres incitando al goce mundano y restos de almanaques “La Cabaña” de años ya fenecidos, dos grandes cajas de música adornadas con los colores del Unión Magdalena y un tocadiscos, refrigerado por un viejo ventilador sin parrilla, conformaban el equipo cuyo sonido retumbaba en todos los rincones del pueblo; al fondo, el enfriador para las cervezas y al lado, en un armario de madera pintado de un azul ocre, las botellas de ron caña en todas sus presentaciones, trago preferido de la región. Era la cantina de doña Mercedes Polo, la mamá de Fredy, ubicada en un pueblo a orillas del mar caribe donde el aroma de la brisa se confundía entre el olor de pescado fresco y la típica fragancia salina del océano. “La 29” era el sitio de encuentro de trabajadores de las fincas bananeras, pescadores y vendedores del mercado público, personas que venían de todas partes de Colombia, en su mayoría caribeños; el pick-up reproducía música para una amplia variedad de gustos: boleros, salsa brava, rancheras, baladas y vallenatos. Fue allí donde, con escasos once años, Fredy conoció el primer trabajo discográfico del inmortal Diomedes Díaz, de donde recuerda la canción El Chanchullito. Hoy 38 años después, da gracias a Dios y a su señora madre por haberlo premiado de esa manera.

“Achí, achí, pon el disco de Diomedes, pon el disco de Diomedes”, le exigía con rabia a su hermano mayor, quien hacía las veces de mesero, picotero y administrador de La 29 “Tenía que complacerlo como si fuera un cliente más porque si no se largaba dejándome solo y yo lo necesitaba para los mandaos”, anota Lacides Gamero, su hermano mayor. Allí Fredy recibió con una gran emoción la llegada de los trabajosTres Canciones y De Frente, fue algo así como amor a primer oído, escuchar las obras realizadas con Elberto “el debe” López. Con el tema Tres Canciones, compuesto por Diomedes, la ventana marroncita de Patricia Acosta se volvió familiar en el pueblo pesquero. Vinieron entonces cinco trabajos, uno con el fuete Juancho Rois y cuatro con el rey de reyes Nicolás Elías “Colacho” Mendoza. Ocho trabajos discográficos hasta 1980, cuatro acordeoneros y noventa canciones que no paraban de sonar en la cantina del pueblo, que desde entonces se convirtió en el palacio del Cacique. 

Rondaba los quince años cuando una crisis estalló en el seno de su casa; para Fredy la canción Penas de un Hogar relata de manera casi exacta las dificultades por las que su familia atravesó promediando los años 80. La composición es de Diomedes, y en ella hace el relato del drama que vive una familia por cuenta del jefe de casa que “Ahora tiene una mujer en la calle/ y acá en la casa todos lamentamos/ que los muchachos perdieron el año/ porque no pueden estudiar con hambre…” Y es que su padre decidió conformar un nuevo hogar sin importarle las dificultades a las que dejaba expuesta a su familia. Cada vez que la escuchaba recordaba el sufrimiento de su querida madre y no podía evitar que las lágrimas se asomaran a sus ojos, se aferró a su letra, sentía que esa canción era para ellos y siempre que tenía la oportunidad se la dedicaba a su progenitor para recordarle el sufrimiento al que los sometió. Ese fue su último año en Ciénaga, su mamá quiso poner tierra de por medio al dolor sentimental y con ella marcharon sus hijos.

La bonanza marimbera anunciaba su final; el gas natural encendía la llama en otros
departamentos, el carbón del Cerrejón ya tenía dueño; por los puertos naturales de la alta Guajira seguían ingresando toneladas de mercancías provenientes de otros continentes que desde Maicao surtían los llamados san andresitos de todo el país. Ese era el panorama de La Guajira cuando doña Mercedes y a sus seis hijos arribaron a esta tierra en busca de un mejor futuro y otras condiciones de vida. A su llegada lo que más emocionó a Fredy fue escuchar la música de su cacique en todo momento y lugar; en Riohacha se sentía más cerca de su ídolo, algo le decía que el sueño de conocerlo pronto se haría realidad.


En La Guajira, el amor toca nuevamente las puertas de doña Mercedes y ella mansamente se deja adormecer en sus nubes del amor y la pasión; de esta relación llegarían Mercedes Cristina, Rafael y Jennifer quienes se sumarían a Lacides, Orlando, Francia, Dagoberto, Fredy y Rocibel. Para la vieja “meche”, mujer inquieta y emprendedora, Fredy fue y ha sido uno de los principales apoyos en las diferentes actividades que inició en la capital Guajira, pendiente de atender sus necesidades y brindarle compañía en sus soledades “Es el que menos lidia me ha dado, y siempre está pendiente de mí, ojalá Dios le de lo que se merece por buen hijo”, exclama orgullosa doña mercedes. Junto a sus tres hermanos mayores y gracias a su padrastro, Rafael Villa, los hermanos Gamero Polo aprendieron el oficio de la llantería, actividad que Fredy ha desempeñado durante 34 años, tiempo que lleva radicado en la capital Guajira. 

Hoy recuerda con agrado una anécdota que a propósito de su trabajo le ocurrió; alguna vez un cliente enardecido por la música y el alcohol discutía con su compañero de parranda sobre la fecha de publicación de un trabajo discográfico de Diomedes, mientras reparaban una de las llantas del vehículo, Fredy escuchaba en silencio, a sabiendas que los dos estaban equivocados; ante tanto desacierto sobre su ídolo terció en la discusión “muchachos, ustedes están equivocados, ese trabajo no es de ese año, se los digo porque yo tengo la colección completa”, les anunció Fredy, y uno de ellos reaccionó airado:
-¡Que colección de Diomedes va a tener un simple llantero, ni nosotros que trabajamos en la mina!- Fredy agachó la cabeza guardó silencio y terminó de ajustar la llanta, “no dije nada, sabía que son reacciones propias del alcohol y el irrespeto”, recuerda hoy. Días después el mismo cliente visitó la llantería, le dio la razón en la discusión musical y visiblemente apenado le ofreció disculpas por el maltrato del que había sido objeto esa noche de bohemia.

En Riohacha, Fredy afianzó el conocimiento de su artista, fue aquí donde comprendió que el Cacique no era solo de él, entendió la magnitud de su grandeza y la calidad humana del ídolo de multitudes. Pasaban los años y con ellos nuevos trabajos discográficos del cantante rompían records de ventas, aumentaban su fama y acrecentaba el número de sus seguidores. El deseo de conocerlo crecía con el paso del tiempo, asistió a varias fiestas donde anunciaban la presencia de Diomedes Díaz quería verlo frente a frente, saludarlo, estrecharle la mano y decirle cuanto lo admiraba pero en ninguna ocasión fue posible, algunas veces rodeado de escoltas, otras veces por la llegada tarde y partida prematura del artista y en otras se privaba de asistir por no tener como pagar la entrada. 

Alguna vez alguien lo contrato como ayudante para transportar una madera de algún lugar del sur de La Guajira hasta Riohacha, Fredy acepto y partieron de madrugada, atravesaron pueblos, veredas y caseríos, todos desconocidos para él, hasta que llegaron a su destino recogieron la carga y emprendieron el viaje de regreso, decidieron que en el más bullicioso de aquellos pueblos se detendrían a descansar y tomarse un refresco. El pueblo elegido
fue La Junta y estaba agitado porque ese viernes se daba inicio al festival del fique, celebración que se hace anualmente en honor a la planta que produce la materia prima para el tejido de las mochilas. Sentado en una tienda que estaba situada al frente de la plaza Fredy, aun sudoroso, sucio y cansado por el trajín del día, observaba embelesado los preparativos y algarabía propios de una fiesta de pueblo. De repente el rugir de unos motores le hizo desviar su mirada hacía la entrada del pueblo, eran sendas cuatro puertas Toyota, llantas anchas y vidrios ahumados, cuya polvareda impedían saber que ocurría detrás de ellas. Los carros se detuvieron justo en frente de la tienda, uno a uno fueron bajando sus ocupantes, lo hacían sin prisa, con la tranquilidad de aquel que llega a su destino; el rostro del pasajero que hacía las veces de copiloto del primer vehículo le era familiar, el corazón empezó a latirle de prisa, sin control, el hombre abrió la puerta se bajó y esbozó una amplia sonrisa, se dirigió al grupo, al detenerse frente a él se retiró unos lentes oscuros para dejar su rostro al descubierto, le ofreció la mano derecha y con la izquierda golpeó suavemente el hombro y le dio la bienvenida a La junta su pueblo. Era Diomedes Díaz en persona, ya sin lentes Fredy reconoció al personaje no supo que responder, solo alcanzo a darle la mano y balbucear su nombre entre sonrisas y emociones y verlo alejar saludando muy amablemente a sus compañeros de aventura, el artista siguió a la tienda y con un grito a todo pulmón y un abrazo de esos que se reparten los 31 de diciembre saludó al tendero, pidió la cuenta de los muchachos, se refería a Fredy y su grupo, canceló con un billete de veinte mil y se alejó hacía negocios y casas vecinas sin esperar vueltos. 

Para Fredy Gamero, corpulento hombre de vereda, noble y sencillo, de lento caminar, rápidas palabras y sonrisa siempre dispuesta, hay dos canciones que tocan su vida sentimental, la primera es El culpable soy yo, compuesta por José Alfonso “El Chiche” Maestre grabada en el trabajo titulado Mi Vida Musical, que le hizo sentir las famosas maripositas en su estómago cuando el amor irrumpió con fuerza en su vida; con esta canción conquistó a la madre de sus hijos y disfrutó a plenitud de los momentos y vivencias que trae consigo la vida en pareja. Quince años de vida marital, en un principio fue difícil para ella pero rápidamente se acomodó a la presencia omnipotente en su hogar del cacique de La Junta de quien también se hizo su seguidora. Katiuska Andrea, Rafael y Cinthia Astrid son los hijos frutos de esta relación que inicio en 1991 y llegó a su ocaso en el 2005. Marciano Martínez fue el autor de Quien Dijo, canción que le trae recuerdos
lacerantes del final de un matrimonio que no debió acabar, relación que marcaría para siempre la vida sentimental de Fredy de Jesús.

La música vallenata se ha visto asociada con parrandas y consumo de alcohol, sin embargo este ferviente diomedista suele afirmar y demuestra con hechos, que la música de Diomedes se debe escuchar con total lucidez, lejos de cualquier vicio, para entenderla, para vivirla. “Diomedes era muy sentimental y sincero, el mensaje de sus canciones habla de la realidad de la vida y nos toca a todos”, afirma con absoluta seriedad. Por eso estima que una de las mejores canciones que compuso y cantó Diomedes fue Mi Ahijado, que muestra su sensibilidad y conexión con la realidad de nuestro país.

Desde ese mágico momento que la vida le regaló en La Junta se terminó de sellar el pacto de lealtad entre Fredy y la obra del cacique, desde entonces empezó a coleccionar su producción musical. “Diomedes Díaz vive en mi casa, vive en la colección de los 34 trabajos discográficos que conforman su obra musical”, sentencia con un gesto de orgullo. Para sus amigos Fredy es un diomedista atípico, siempre los acompaña en las celebraciones, fiestas o parrandas sin tomarse un trago pero animando la reunión con chistes o apuntes picantes. La música de Diomedes es su aporte “Es un ejemplo para todos, el esfuerzo que hace desde su noble trabajo para comprar siempre los compactos originales, es algo que ya muy pocos hacen”, afirma Luis Carlos Morales, amigo de infancia.

Quiere y respeta a Riohacha, su segundo terruño, ciudad generosa que los acogió y les entregó la estabilidad que un día buscaban, no extraña nada de Ciénaga, ha de ser porque las brisas suaves del nordeste que bañan la ciudad Portal de Perlas son las mismas que en su niñez lo acariciaron cuando en la “29” descubrió la magia y el encanto de Diomedes Díaz.

Hoy, cuando se asoma a sus primeros cincuenta años de vida, sabe que en adelante solo celebrara dos de los tres cumpleaños que solía festejar, que no experimentará más la extraña sensación de ansiedad que antecedía la llegada de un nuevo trabajo discográfico del Cacique, pero que su música permanecerá, que la misión con doña Mercedes no tiene final, que su noble oficio de llantero es útil para el funcionamiento de nuestra sociedad y que muy pronto el Unión Magdalena volverá al futbol de la primera A.

Redacción: Emisora Majayura Stereo, Enviado por todo el equipo.
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