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El territorio de Diomedes Díaz, atractivo turístico


Articulo de Luis Oñate Gámez. Mucho antes que el ‘diomedismo’ saltara de la pantalla a la vida real y envolviera al mundo más allá de la comarca, mi hijo Luis David venía planeando su recorrido por la tierra del Valle de Upar y las sabanas de La Junta, La Guajira.

Es un incansable lector del mensaje musical en el vallenato clásico, en especial de Diomedes Díaz de quien aprendió de memoria el nombre de las canciones, el año en que fueron grabadas y los acordeoneros con los que realizó cada uno de esos trabajos artísticos.

Inicialmente no sabíamos si tomar como base del recorrido a San Juan del Cesar, la cabecera municipal que está situada a pocos kilómetros de ‘la ventana marroncita, o a Valledupar.

Luego de analizar detalladamente cada espacio, Lérida Amador, Luis David y yo, la sociedad del paseo, optamos por la capital del Cesar. La idea también era transitar por varios de los caminos del cancionero vallenato, conociendo que en cada pueblo de esa provincia hay un pedazo de acordeón.

Camino a La Junta

Salimos de Santa Marta el Miércoles Santo a las 3 de la tarde. Antes de las 7 de la noche ya estábamos alojados en un hotel recibiendo la brisa del Guatapurí.

El sueño fue ligero y con el cantar de los gallos en la vecindad levantamos el vuelo del Valle a la sabana de la Junta.
Acordamos iniciar el periplo por La Paz, la tierra de los hermanos López y Jorge Oñate, en donde las almojábanas recién horneadas hacen pecar a más de uno. Los pacíficos con solo vernos la alegría desbordante y escuchar la música del carro no tenían que hacer mucho esfuerzo para saber a dónde nos dirigíamos.

Es que a medida que avanzábamos sentíamos el rumor del "hágame el favor compadre debe...", luego pasamos a la Jagua del Pilar, Urumita, Villanueva, El Molino y San Juan del Cesar, en el sur de La Guajira, desde donde todos los caminos conducen a la tierra del Cacique.

En La Peña, un caserío que está a pocos kilómetros de la popular ventana, como cualquier caravana artística, muchos de sus habitantes salieron a la puerta para saludarnos efusivamente con sus manos en movimiento. Ya en la Junta sus calles onduladas y polvorientas nunca habían sentido las huellas de tantos carros rondando sobre ellas en un mismo día. Ni siquiera en los años de la bonanza marimbera en donde las F-100 soplaban con todo su furor en la región.

Ese Jueves Santo, la hilera de vehículos repletos de gente tratando de ingresar a este pintoresco corregimiento era de más de dos kilómetros. Todos los visitantes teníamos el mismo propósito; tomarnos una foto al lado de ‘la ventana marroncita’ y conocer Carrizal, la finca donde nació Diomedes Díaz Maestre. Tal vez dos de los sitios más emblemáticos en los amores y canciones del artista.

Por el tumulto, la algarabía y cara de recién pintada, desde todos los ángulos de la plaza se divisa la vivienda de ‘la ventana marroncita’, la cual está situada en una esquina.

La policías y un piquete de soldados rodearon la vivienda para darle orden a los millares de visitantes, procedentes de diferentes partes del país, al igual que de Venezuela, Panamá y Ecuador, que llegaron para mirar de cerca las primeras huellas musicales de su ídolo.

Mientras en la ventana que da para la calle-camino que conduce a Carrizal, bajo una canícula inclemente, los fanáticos del Cacique hacían filas para tomarse la foto del recuerdo o de las redes sociales, recitar versos de ‘Tres canciones’ o simplemente tocar los hierros y los maderos marrones, dentro de la vivienda el cuñado de Diomedes, Hernán Acosta, explicaba a los visitantes una y otra vez particularidades de los amores entre su hermana Patricia y el fallecido artista.

Mi hijo y su madre se apresuraron a ingresar, mientras yo analizaba el panorama, pero me tocó interrumpir el instante de observación para tomarnos la foto antes que el tumulto creciera.

Allí no existía distinción por edad, raza, religión o estrato social.Había visitantes en vehículos de alta gama, carros sencillos, taxis, motos y hasta en caballo.

Quizás éstos últimos eran de la vecindad que no quisieron perderse la romería que había generado su paisano después de muerto. Entre los fans llamó mucho la atención la familia Carrascal que llegó procedente de Caracas (Venezuela), conformada por tres adultos dos niños y Graciela, una octogenaria mujer de tez blanca a quien se le salieron las lágrimas cuando un grupo de jóvenes seguidores comenzó a entonar: Y yo las canto con el alma para esa linda morenita (...).

De ahí pasamos a una casa situada en diagonal en donde Rosa Elvira, la hija mayor del Cacique y Bertha su madre, tenían la paciencia de Job, esa que tantas veces invocó el cantautor en sus versos, para posar y responder a los miles de visitantes que llegaban a tomarse una foto y a interrogarlas sobre su historia en la vida del artista.

“Esto para mí es de mucha satisfacción sentir como querían a mi padre y como amaban lo que él hacía, no me gustaría defraudar a nadie cuando hay gente que vienen de muy lejos solo a tomarse una foto”, comentó Rosa Elvira quien trabaja en el montaje del museo a Diomedes Díaz.

Muchos junteros no desaprovecharon la oportunidad para sacarle provecho al momento histórico que está viviendo su pueblo. En las afueras de la casa de ‘la ventana marroncita’ montaron venta de toda clase de suvenires, comidas y bebidas alusivas al fallecido artista. Cada uno tenía su forma particular de atraer a los clientes. “Los pasteles que le gustaban a Diomedes”, gritaba una, otra pregonaba que el arroz de fideo con tajadas de maduro y carne que expendía nunca faltaban en los almuerzos del Cacique.

El 'Turco Pavajeau', un personaje de Valledupar, dijo haber conocido la historia de una dama procedente de Medellín que pagó 300 mil pesos por una prenda interior que supuestamente perteneció al Cacique. Según el 'Turco' esta locura sólo la ha podido generar un tsunami llamado Diomedes.

Sobre lomas y sabanas

Tal como lo describió Diomedes, entre La Junta y Patillal sobre lomas y sabanas se halla Carrizal, tierra de poetas, y ahí está situada la finca en donde el 26 de mayo del año 57 nació el cantor campesino.

Hasta allá llegó la romería de los seguidores del artista luego de transitar por una troncha que serpentea las estribaciones de la Sierra. En toda esa zona se notan los estragos del sol y el intenso verano, pero no hubo una queja entre los viajeros. En el patio de la finca, después de la muerte del Cacique construyeron una réplica de la casa en donde éste nació. Es una vivienda de una sola pieza, con caballete en dos aguas, techo de palma y paredes de barro y bahareque. Adentro colocaron una cama de lienzo y tijeras en donde se supone que nació Diomedes asistido por una partera.

En Carrizal también hay una casa grande de cemento y eternit que el cantautor mandó a construir para sus padres, allí han colocado algunas de las camisas que usó en sus presentaciones, la cama y la hamaca en donde solía retozar cuando visitaba a sus viejos, cuadros, versos y utensilios.

Los visitantes recorren paso a paso cada rincón de la casa sin dejar de tomar fotos y hacer videos. El ingreso a este sitio vale tres mil pesos y dos mil el parqueadero.

Por la misma trocha escarpada, ávidos de más anécdotas sobre la vida del artista, seguimos para Patillal y Valledupar porque en la región cada provinciano tiene una historia que contar. Algunas son inventadas, otras han pasado por tantas bocas que ya casi son leyenda, pues cada parlante le acomoda un pedazo para meterse como testigo del hecho.

Por estos días se cuentan por decenas quienes dicen que conocieron a Diomedes siendo un campesino al que muchos ignoraban, cuentan que le dieron la mano y lo llevaron a grabar por primera vez. Sin desconocer los grandes méritos artísticos y el invaluable aporte que Diomedes hizo al folclor, hay también quienes creen que mucha de esa romería envuelta con fanatismo en varios seguidores ha sido generada por la fiebre novelesca que hoy ha puesto a sudar a más de medio país.

Lo cierto es que quince meses después de la muerte del Cacique de La Junta su imagen, algunas veces rayando la idolatría, y su música sigue en los primeros lugares. En Valledupar hay quienes aseguran que, por ahora, son pocos los artistas vallenatos se atreve a sacar producción musical porque temen que el manto de Diomedes los arrope.

Sostienen que a tres de los grandes, Poncho Zuleta, Martín Elías y Silvestre, que lanzaron sus nuevas producciones luego de la muerte de El Cacique no les ha ido muy bien. La música de Diomedes Díaz Maestre, desde la Herencia Vallenata grabada con Náfer Durán, pasando por sus canciones en parrada, hasta el último trabajo con Álvaro López, se vende como pan caliente y se escucha al unísono como si fuese un sinfín.

Nuestra correría diomedista terminó en Atánquez, una población indígena situada en la parte media de la Sierra Nevada, cercada por el río Badillo, en donde los kankuamos aseguran que la panela que ellos elaboran artesanalmente fue la que le dio fuerza y claridad a la voz del Cacique de la Junta.
Aunque también sostienen que Diomedes muchas veces se refugió allí cansado del tumulto.

El sábado regresamos a Santa Marta llenos de gloria, no solo por haber compartido en familia un espacio cultural y de intrigación sino porque antes de que el modernismo los despedace, así como han mandado al ostracismo a aquellas serenatas y hasta al mismo vallenato clásico y narrativo de verdades, pudimos conocer y vivir de cerca a Carrizal, ‘la ventana marroncita’ y otras historias y rincones inspiradores de sueños y leyendas musicales.

Luis Oñate Gámez
La Junta (La Guajira)
Enviado por: EL TIEMPO.
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