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Lo de Martín Elías no fue un accidente


Una muerte prematura como la del cantante vallenato duele hondo.

Al ver el carisma, el talento y el brillante futuro que se proyectaba para Martín Elías cuesta creer que simplemente le tenía que llegar su hora. 

Algunos se animan incluso a elaborar explicaciones sobrenaturales de su muerte: que el número 26 es la marca de alegría y dolor de la familia de Diomedes Díaz porque el cacique de la junta nació un 26, porque su hermano Martín Elías Maestre murió a los 26 en un accidente de tránsito y ahora fue el turno de su hijo Martín Elías Díaz, llamado igual que el tío en su honor. 

Otros afirman que es más bien un destino trágico entre los músicos vallenatos, que pierden la vida en siniestros viales cuando están en el mejor momento de sus carreras, como ocurrió con Kaleth Morales, Patricia Teherán y Hernando Marín.


Sin embargo, hay datos que nos llevan a pensar que morir en el tránsito no es el destino de la familia Díaz o de cantantes vallenatos. 

Según cifras de medicina legal de 2015 (aún no está disponible el informe de 2016) el departamento Vallenato fue el cuarto del país con más muertes en siniestros viales, con una tasa de 26,63 por cada cien mil habitantes, casi el doble de la tasa nacional que asciende a 14,28 por cada cien mil habitantes y casi cuatro veces la tasa de Bogotá en ese año que fue de 7,06 por cien mil habitantes.

Los 274 fallecidos (219 de ellos hombres) en el departamento de Cesar en 2015 y los cientos de fallecidos en 2016 y 2017 no fueron víctimas de un accidente, en el sentido de un evento que pasa por azar o sin causa aparente. 

La dolorosa muerte de Martín Elías (Ocurrida en el departamento de Sucre) tampoco fue un accidente, sino el vivo retrato de cómo cada una de las muertes en el tránsito es el resultado lamentable del mero error humano: falta de cinturón de seguridad, exceso de velocidad, bache en la vía y, en ocasiones, embriaguez. 

Llamar a estas muertes "un accidente" sería una forma de atribuir al destino o al azar la responsabilidad de una serie de errores, completamente evitables y de origen puramente humano, como el diseño de las carreteras, el mantenimiento de la malla vial, la arraigada cultura de exceso de velocidad, el no uso del cinturón de seguridad y la tolerancia a manejar con tragos.

Las cifras de muertes en la vía en el país aún son muy altas y crecientes en los últimos diez años. Esta preocupante tendencia no se va a reversar mientras se sigan considerando accidentales, o nos limitemos a interpretar los errores de las víctimas como simples imprudencias. 

Si bien para el caso en referencia el incumplimiento de las normas de tránsito, velocidad y cinturón, es la causa directa del fallecimiento, es el incumplimiento sistemático de estas normas en el país lo que lo convierte en un problema de política pública, al revelar fallas de diseño del sistema vial, de aplicación de la ley (law enforcement), e incluso de educación y transmisión cultural. 

Reducir las fatalidades en siniestros viales es un enorme reto de diseño, de gerencia y de liderazgo, que requiere la convicción de que todas las muertes en el tránsito son evitables, y un compromiso con la creación de una infraestructura vial diseñada para proteger la vida a pesar del error.

Por: Ana María Araos Casas