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Donde descansan eternamente los grandes del vallenato

Martin y Diomedes dibujo.
La gente hacía ruido, cantaba y tomaba fotos. Con grandes sonrisas pasaban un buen rato, en medio de la música y bajo un sol sofocante. Parece una fiesta, pero los cientos de arreglos florales y las lápidas recuerdan que se trata de un cementerio. La gente llega de a poco con un propósito: celebrar la muerte del ‘Gran’ Martín Elías.

Decenas de personas, la mayoría de ellos ‘costeños’ y uno que otro ‘cachaco’ se acercan, felices, como si de una parranda se tratara, a visitar a figuras importantes del folclor vallenato, cuyos restos descansan en el cementerio Jardines del Ecce Homo en Valledupar.


Todos en la ciudad saben cómo hallar la tumba. Apenas entrar al cementerio es fácil identificar el lugar preciso: el camino es guiado por un pequeño grupo de vendedores de cintas negras con el rostro del cantante, impreso. A lo lejos se ve una pequeña multitud que es escoltada por un carro de policía y cerca de diez uniformados.

Pero no es a Martín Elías al que todos buscan y cuidan, sino a alguien que estuvo presente en el imaginario popular colombiano durante décadas: Diomedes Díaz.

Los restos del ‘Cacique de La Junta’ reposan junto a los de su padre. Tiene una gran placa conmemorativa y una foto que parece detener en el tiempo la imagen del que es considerado por muchos, uno de los más grandes del género. En la lápida reza el siguiente epitafio:

“Para mi fanaticada
el día que se acabe mi vida
le dejo mi canto y mi fama”.
Diomedes Díaz

El clima y el inclemente sol de Valledupar hacen que el pasto en la mayor parte del lugar sea seco y de un tono amrillo, como si estuviera quemado. Así son todas las tumbas, menos la de Diomedes, única que cuenta con grama sintética de un verde vivo y adornos florales de gran tamaño.

Justo detrás descansa Martín Elías. Su lápida es mucho más modesta y no tiene epitafio. De hecho, como cuentan los trabajadores del lugar, fue improvisada porque “¿quién se iba a imaginar que un muchacho tan joven y talentoso iba a morir de la forma que lo hizo?”

No hay foto ni grandes adornos florales. Solamente una placa con su nombre. De hecho podría pasar inadvertida por el ojo común de no ser porque personas llegan, tocan el césped y se echan una bendición.

“Con el tiempo le pondrán una placa más grande”, comenta un sepulturero que trata de regar una tumba contigua. Asegura que cuando un artista muere de improvisto, sus familiares y fanáticos se encargan de hacerles después un pequeño altar.

Así sucedió con Kaleth Morales, que está a unos metros de Martín, otro paradero turístico en el cementerio. Tal como Diomedes, se encuentra una foto y una gran placa en honor a este joven que murió con tan solo 22 años.

Comentan los visitantes que el día del sepelio de Martín, Kaleth y Diomedes, se montó una fiesta de proporciones mayúsculas, digna de una vida llena de parrandas, música y licor. Las calles se bloque