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Discos de vinilo no pasan de moda


Según la Real Academia Española, una de las definiciones de música es el “arte de combinar los sonidos de la voz humana o de los instrumentos, o de unos y otros a la vez, de suerte que produzcan deleite, conmoviendo la sensibilidad, ya sea alegre, ya sea tristemente”. Ese deleite al que hace referencia la RAE es el que experimentan como “droga” los melómanos que viven de la música, literalmente, en todos los sentidos. La música y la tecnología para reproducirla en objetos que la conserven a través de los años han ido cambiando conforme a la aparición de nuevos dispositivos de almacenamiento de sonido. 

Sin embargo, Sony Electronics anunció que desde este año a marzo de 2018 reanudará la fabricación de vinilos –tras una interrupción de tres décadas– en los que se incluirá la música que es éxito en el momento, esto para “apostar a la nostalgia de los jóvenes melómanos”.

Este anuncio lo recibe con agrado Juan B. Welman, un coleccionista de música que tiene en sus estantes más de 2.600 acetatos. “Me gusta que vayamos a tener elepés con música nueva, esos también los voy a adquirir. Los que guardo en mi colección no los vendo”, asegura.

“Ahí tengo canciones de salsa y africano, lo que tú quieras, pero vallenato no, eso no”, cuenta. En almacenes de cadena ya se están comercializando estos vinilos. Las producciones de artistas como Diomedes Díaz, Adele y ChocQuibTown están disponibles en este formato y sus precios oscilan entre $101.000 y $111.000. Desde la década de los 30, cuando apareció el disco de vinilo o disco gramofónico, los tocadiscos a nivel mundial empezaron a sonar melodías de artistas que hoy son considerados como clásicos. El éxito de su distribución, compra y venta tuvo un auge desmedido, pero a finales del siglo XX, cuando empezaron a salir los primeros discos compactos, la demanda de los long play, o discos de larga duración, empezó a ir en retroceso.

Esa ‘época dorada de la música’ sigue vigente hoy en las estanterías de los melómanos, coleccionistas, que guardan en sus vinilos historias que los transportan a través del tiempo. Conservar estos acetatos se ha convertido en su estilo de vida, y en algunos casos un medio de sustento. Tal es el caso de Didier Ariza, de 60 años, que vive en el barrio Normandía, de Soledad. La música es su estilo de vida, y no propiamente porque sea cantante o ejecute algún instrumento, sino porque la cuida, conserva, aprecia y vende encapsulada en una pasta dura en forma de círculo que suena cuando es puesto en un tocadiscos y sobado suavemente por una aguja a 33, 45 o 78 revoluciones por minuto. “Desde el año 1974 empecé a coleccionar discos para mí. Antes los compraba para la casa porque mi hermana me mandaba, y ahí le cogí gusto a coleccionar música, música de la buena”, recalca Ariza. A través de sus gafas al estilo Héctor Lavoe, Didier mira la colección de más de 2.500 elepés que tiene en su negocio de música en la carrera 38 entre calles 41 y 43, en el Centro de la ciudad. “Este puesto antes lo conocían como ‘el Muro de los Lamentos”, dice sonriendo.

Su negocio fue la evolución de su gran pasión por la colección de música. “Yo antes tenía un puesto de abarrotes, pero como me gustaba tanto comprar los acetatos, busqué la manera de que me salieran más baratos y por eso iba al punto de distribución, así los compraba para mí y también los vendía”. Con el tiempo, cuenta Ariza, dejó el negocio solo de venta de música, porque es lo que más le gusta. Entre sus “tesoros más preciados” están un tornamesa, más de 2.000 elepés que hacen parte de su colección personal y un autógrafo de Héctor Lavoe que data del 6 de agosto de 1980, cuando la Fania All Stars vino por primera vez a Barranquilla. “Hice de todo porque Héctor me firmara un papel que yo tenía preparado, me bajé de la gradería a gramilla como pude y llegué hasta donde él estaba”, dice al tiempo que recalca que es un conocedor de la música. “Yo me considero melómano. No tengo un gusto específico. Puedo hablar y discutir sobre baladas, vallenato, boleros. La mayoría de vinilos son de estos géneros, música verbenera, disco y rock and roll.

Además música costeña y salsa”, afirma el dueño del ‘Muro de los Lamentos’. En la misma cuadra, dos calles más arriba, está Julio Padilla, en su negocio ‘Discos Aldair’, rodeado de dos coleccionistas que analizan maravillados cada uno de los acetatos que se desbordan en el local. “Yo tengo 40 años de edad y más de 20 coleccionando música en vinilos y CD. Tengo más de 5.000 ejemplares. Yo vivo de esto, coleccionar, vender y comprar música es mi sustento”, cuenta. Uno de los hombres que estaba en ‘Discos Aldair’ es Dagoberto Hernández, de 60 años, quien tiene también un puesto donde vende y compra música. “Yo soy coleccionista, mi puesto se llama ‘El Bembé”, indica. Según los conocedores de esa zona del Centro, Hernández es “uno de los mejores ‘disjoki’ que tiene Barranquilla”, tanto que en el año 1982 estuvo en la portada de Salsa Picotera Vol. 2, en el que se compilaron las canciones más exitosas de ese año. “Discomoda, de Venezuela, me sacó en la portada porque yo soy el mejor”, repite. En la imagen se ve el picó ‘El Coreano’, de Concesión Hernández, un ‘monstruo’ colorido que amenizaba las fiestas de los 80 con música clasificada por Dagoberto. Posando con una camisa a rayas, un jean y tenis de color amarillo con azul, Hernández acomoda un vinilo en el tocadiscos del picó.

El valor de venta de estos clásicos elepés varía dependiendo del artista, del año y de la cantidad de ejemplares que distribuyeron el año del lanzamiento. Pueden costar desde $10.000 hasta $1.000.000 y más, según los comercializadores. “Hay discos que pueden costar más de un millón de pesos como El Guaguancó callejero, de la Orquesta El Caney, o No me niegues tu cariño, de Rudy Calzado. De esos no salieron muchos y los coleccionistas los pelean”, indica Padilla. Sin embargo, el precio que pagan estos coleccionistas por obtener los vinilos que quieren nunca es mucho. “Así no haya para comer, sí hay para comprar discos. Esto es como el que es vicioso, consigue la plata para la droga. Nosotros somos adictos a los discos”, dice Welman.

Fuente: El Heraldo.