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Cuatro minutos para los versos de Calixto Ochoa


Dos años después de su partida, añoranza del pródigo compositor de Valencia de Jesús, uno de los maestros que ponen a Colombia de pie en el baile de diciembre.

El maestro Calixto Ochoa descansaba en una terraza caribe rodeado de muchos ornamentos propios del entorno sabanero y de las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta. Para llegar a su rostro sereno había que atravesar enjambres de motocicletas, los entresijos de su majestad el sombrero vueltiao de la gran plaza Majagual y la urdimbre de las hamacas de Morroa que con colores mimetizaban su silencio.

Podían más las ganas de conocer al componedor de Valencia de Jesús que la prudencia de dejar en reposo a un paciente que acababa de salir de una tortuosa y rutinaria diálisis, tan necesaria para que, aunque no recuperara el vigor del africano en calores, y casi a sus ochenta, pudiera mantener un mínimo de vigor para recibir las visitas que hasta último momento asomaban por su casa del barrio La Terraza en Sincelejo. 

No esperaba encontrar un divino rostro jacarandoso ni mucho menos. Primero, por los embates de una enfermedad que soportó valiente hasta el último de sus días; y segundo, porque la expresión primera que solían mostrar sus fotos tenía visos de adustez, una imagen inversamente proporcional a la jocosidad de las historias y los cuentos de tantas de sus canciones, aquellas que narraba con fidelidad en el tiempo justo de las grabaciones de antes: cuatro minutos.

A esas alturas de la vida y de una larga correría por las sabanas de Sucre y Córdoba, tal vez ese mismo tiempo era más que suficiente para la insistencia del advenedizo que llegó a la estancia con el recuerdo vivo de Diana, con la arena pegada de las Playas marinas y la tardía inocencia del compadre Menejo, aquel personaje que se encontró en sus andanzas de rapsoda y que abstraído por el descubrimiento de la luz eléctrica, pretendió sacar una cosecha de calabacitos alumbradores. Calabacito que no era más que una bombilla eléctrica.

Calixto Ochoa Campo, tercer rey del Festival de la Leyenda Vallenata, murió el día 18 del mes que han querido desaparecer entre las estrafalarias decoraciones del Halloween y las luces titilantes de la Navidad. Pero es posiblemente esta época en la que más suenan algunas de esas canciones que evocan la atmósfera alegre de las noches decembrinas y que alimentan las remembranzas de varias generaciones, sobre todo con la impronta melódica de Los Corraleros de Majagual, aquella superbanda creada en 1961 y de la que Calixto fue uno de los artífices. 

Charanga campesina, Los sabanales, Mata de caña y El pirulino son apenas unos títulos de las más de mil quinientas letras que salieron de la musa de este bardo que mezclaba en sus versos el amor, el desamor, la picardía y la filosofía. Tales temas, sin contar los cientos de paseos y merengues que registraron las más reconocidas voces del canto vallenato, entre ellas la de Diomedes Díaz, en cuyas producciones nunca faltaron temas del “negro Cali”.

Esa tarde de pocas palabras y cansancio natural, desde su silla mecedora Calixto Ochoa confirmaba la veneración del cantante de La Junta hacia sus canciones. Una preferencia por la cual se había ganado la licencia para hacerles cambios a composiciones originales como La plata, Todo es para ti, Mi biografía y La voz del pueblo, tonadas que al final quedaron con la impronta del dinámico dúo que hoy comparte el espacio del coro celestial.

A ese lugar, ganado con su talento en la tierra, llegó Calixto Ochoa después de años de bregas con penosas enfermedades que fueron apagando su ánimo y su voz rauca, mas no ese numen sin límite que enlista el patrimonio de la música del Caribe colombiano. “Si quieres conocer a Calixto Ochoa tienes que venir rápido a visitarlo”, sentenció el periodista sucreño Miguel Antonio Herrera por allá en el año 2009, pero la fuerza inspiradora le alcanzó al maestro para vivir seis años más y para recibir un merecido homenaje en el Festival Vallenato en 2012.

Ciertamente, un compositor de la categoría de Calixto Antonio Ochoa Campo, como Leandro Díaz, como José Barros, debe ser siempre homenajeado, en actos conmemorativos o en manifestaciones espontáneas de cualquier melómano o bailador, cuyo espíritu se acelera más por estos tiempos. Vale siempre la pena la remembranza de estrofas hiladas con algunos títulos de los cientos de cantos que dejó de herencia, no solo a su abnegada Dulzaide o a sus hijos, sino a todo un país que siempre lo baila y que muchas veces no sabe que él es el culpable de la alegría.

Porque desde siempre, Calixto había partido como sus congéneres a cantar las más entretenidas crónicas de territorios primitivos con medios de transporte mular, pero fecundos en motivos para que La historia del negro encontrara siempre la Palabra sagrada. Entre senderos que le demarcaban la Mata de caña y La matica de pangola. Fue un jardinero velando flores como un Lirio rojo y que se enamoró, y que hizo amigos que volvió compadres, como Chan en Nueva York, el corroncho que no descifró la sarta léxica de los gringos.

“Calixto Ochoa fue de cariños verdaderos, imaginarios, propios y extraños que lo impulsaron a componer e interpretar. Algunas veces de Sueño triste, pero muchas otras de sueños sublimes como el de aquella musa, La reina del espacio, envuelta en un festín de estrellas, ángeles y luna. O amores como el de Diana, que lo achuchaban sin contemplación en el plano de la realidad”.

El versista sigue vivo porque su historia musical es amplia, su producción copiosa y sus letras efectistas. Él supo narrar sus entornos en canciones como El mundo o El esqueleto, un merengue que lleva a parafrasear al escritor nicaragüense que recién acaba de ganar el Premio Cervantes

La historia y la filosofía se diferencian en que la historia cuenta cosas que no conoce nadie con palabras que sabe todo el mundo; y la filosofía, cosas que todo el mundo sabe, con palabras que nadie conoce”. Y a su modo, Calixto Ochoa fue una suerte de narrador-historiador, un cuentista filósofo.

El Espectador.