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“Toño Casette”, El temprano adiós de un gran Diomedista

Toño Casette
“Era un hombre humilde, generoso, era un ángel”, con estas palabras resumió el cantante vallenato Tomás Alfonso “Poncho” Zuleta Díaz la figura de Antonio Vergara Zuleta, aquel 15 de diciembre del 2003, día en el que falleció ese hombre de apenas 31 años, su sobrino, luego de que soportara una prolongada enfermedad.

Terminaba así el paso terrenal del recordado “Toño Casé” (Entiéndase “Casette”), personaje que a pesar de su ausencia sintetiza muy bien la pasión humana por un folclor -el suyo y el de sus ancestros- algo que le reconocieron en vida los cultores de este arte costeño en los incontables saludos que le dispensaron entre frase y frase en recordadas melodías que suenan sublimes al alma dispuesta.

Síntesis sentimental tan acertada como el mismo sobrenombre que un día le colgaron sus amigos a Toño, de mamadera de gallo o relajo, por la afición de Vergara Zuleta a grabar cuanta parranda o presentación musical pudiera y le permitiera, de un lado, compartir con sus ídolos y, de otro, ganarse unos pesos vendiendo, en un principio, canciones en parrandas en cinta de casete, en formato CD y, al final de su vida, también en vídeo.

Y fue este hombre precisamente uno de los más fieles fanáticos de Diomedes Díaz Maestre no solo porque siguió al cantante sanjuanero por cuanto pueblo pudo sino también porque profesaba una admiración a toda prueba, entre muchas razones, porque los discos de parranda de Díaz Maestre se los rapaban de las manos con solo colocarlos en el mostrador. Hay que reconocer que vender esa música inédita era en Vergara una consecuencia lícita del hobbie que lo llevó a pasar las mil y aventuras para grabar los conciertos, en particular, los de su ídolo y amigo.

Pero no solo los de Díaz también coleccionaba los de Los Diablitos, Iván Villazón, Fabián Corrales, Los Hermanos Zuleta, Farid Ortíz, Los Embajadores Vallenatos, Silvio Britto, Marcos Díaz y todo el que pudiera interesarle a los amantes del vallenato.

Y en ese trasegar pudo el autor de estas líneas conocer a Toño y, en reconocimiento a su persona, hace una semblanza de él. Prueba de que fue además de “humilde, de generoso y ángel”, un buena persona en el pleno sentido de estas dos palabras.

RECORDANDO A TOÑO…

“Salúdame a Toño Casé, por favor”, le solicité a unos de los más grandes folcloristas que tiene el vallenato, el eterno Jaime Pérez Parodi, presentador por muchos años de la Agrupación de Díaz Maestre, mientras estábamos en la azotea de una discoteca de la población española de Alcantarilla (Murcia), antes de que comenzara un concierto de ese cantante, que para la época tocaba con Franco Argüelles. Corría 2006.

“Toño murió”, dijo con pesar Pérez Parodi. Al paso que brevemente me narró las circunstancias. Mi ausencia de Colombia me dejaba desinformado y, para mi pesar, daba cuenta de esta mala nueva.

El nombre real era Antonio María Vergara Zuleta, hijo de Juan Vergara y de María Zuleta, esta última hermana del citado “Poncho”, Emiliano, Fabio y del legendario y fallecido cultor vallenato Héctor Arturo, entre otros. Era a su vez nieto de Emiliano Zuleta Baquero y Carmen Sara Díaz. Por no contar todo un árbol genealógico plagado de coincidencias y ascendencias musicales que le daban de donde sacar algo que puso en funcionamiento a su manera y en ejercicio de la profesión que estudió, administración de empresas.

De sus comienzos recordaba que a los 12 años le surgió la inquietud de comprarse una grabadora y empezar a seguir a sus ídolos, entre ellos, a Diomedes Díaz. Entonces fue a una compraventa y se hizo con un ‘panelón’ de color gris claro para el trabajo que pretendía acometer.

En tal sentido le dijo a su tío Poncho que le presentara a Diomedes, algo que hizo. Anterior versión dada a este cronista por Vergara alguna vez dialogando en su apartamento en Bogotá, en el barrio La Campiña, de Suba, norte de la ciudad, en el que vivía con María, su madre (¡saludos!) y su hermano. El paso del tiempo le organizó un hogar del que dejó dos retoños y su esposa.

En parte de su etapa bogotana, Vergara Zuleta ya apilaba decenas de cintas de parranda grabadas en exclusiva y que él mismo ordenada y clasificaba, por agrupación, autor y fecha. Las primeras veces la confianza le jugó malas pasadas pues invitaba a uno que otro conocido a departir en su apartamento y su generosidad era correspondida por el ‘aligeramiento’ de una cinta por aquí, otra cinta por allá. Algo que lo enfurecía y lo llevó a crear “Los 10 mandamientos de Toño Casé”.

Mandamientos que enumeraba uno a uno y le recordaban con un cartel al visitante la prohibición expresa de robarle su tesoro. Listado que colocó en un lugar visible de la sala del apartamento y que obligaba a los sus visitantes aceptar una requisada antes de ‘puyar el burro’, borracho o sobrio.

“Ya he pillado algunos”, decía a carcajada el bueno de Vergara que sentía que en esas grabaciones se le iba parte de su vida. “Al que cojo se llamaba”, decía. “Es que no puede ser manito, no puede ser…”. Si no tomaba esas medidas lo hubieran dejado limpio de casetes.

Vergara Zuleta para conseguir grabaciones tenía varios métodos. Uno, iba a los conciertos; dos, mandaba a que se los grabaran y, tres, esperaba a que alguno de los artistas lo llamara para entregárselo.

De las anécdotas recordaba una que otra. Como por ejemplo aquella en la que le dijeron que el Cacique tocaba cerca a Cartagena de Indias (Bolívar), que ahí le dejaban ese dato para que fuera.

Ni corto ni perezoso, Toño salió de Valledupar rumbo a ese pueblo con la esperanza de llegar al comienzo del concierto y grabar. (Nota: perdonar al cronista pero han pasado tantos años que el rigor se pierde al citar el nombre exacto del pueblo).

Según sus cálculos, arribaría al finalizar la tarde. Así compartiría con la agrupación y luego iría al toque. Pero de llegar al pueblo bolivarense terminó por templar en uno del Departamento de Sucre, Colombia, dos horas más allá de su destino. Como pudo alquiló a medianoche un jeep Willys que lo dejó en la caseta hacia las 5 de la mañana. Por la misma puerta que él entraba salía Diomedes Díaz. La verosimilitud de ese diálogo fue la siguiente: 

-“Sobrino ¿qué pasó? Aquí ya no queda sino es ir recogiendo mesas, sillas y borrachos…”

-“Cacique, vaina, usted sabe que uno no es de por aquí y terminé fue por allá en Sucre”. El artista le dio un comprensivo abrazo. 

“…Hombe Toño…”.

La última vez con Toño Casé

A comienzos del 2002, nos encontramos en la entrada del Hospital Rosario Pumarejo de López, en Valledupar, previa llamada telefónica que le había hecho este cronista a fin de obtener detalles de un reportaje que preparaba y que, muy servicial y amablemente, intentaba ayudarme.

-“A los años, compadre”, me saludo al paso que le recordé el lustro que había pasado entre la última vez que nos vimos en Bogotá y ese día en el que estábamos en las afueras del Hospital de Valledupar, esperando a que lo dejaran pasar con la comida y los pañales que le llevaba a su esposa que –si mal no recuerdo- acababa de dar a luz.

-“Compa, cuente conmigo como yo conté con usted”, dijo a la par que sonreí con vergüenza. Charlamos un rato más, mientras él, inquieto, esperaba el momento de ingresar…

-“Oye, ve a mi tienda, allá hablamos bien”.

-“Dame la dirección”.

-“Es fácil, pregúntale a cualquiera taxista en el Valle donde queda la tienda de Toño Casé y a la fija te llevan”, dijo sonriendo, a lo que prosiguió: “Anotá, anotá, 12 con 12”, remató.

La mañana del día siguiente abrazaba con ese calor húmedo que respiran los valduparenses cuando el día se enfría. Arribé a la famosa tienda de discos “Musical Toño CD o Cassette”, el punto de encuentro de mucho prestos a jalar piola, echarse unos chistes o unos cuentos con él, mientras averiguaban por el último casete o CD de parranda.

Antes de entrar miré en la distancia y vi la Sierra Nevada de Santa Marta con unas motas de nubes que rodeaban su cúspide. Pensé en la letra de la canción de Gustavo Gutiérrez Cabello, que hiciera famosísima el tío de Toño, Poncho, “Así fue mi querer”.

“…En lo alto de la montaña solo hay silencio, el viento es fresco y cuando tiempo las nubes besan la punta ‘el cerro, rumores de melodía solo se escuchan de este romance, limpio con es la Nevada, brillante como la luz del día y así fue mi querer pero tu…”, le cité ese párrafo para darle a entender.

El pequeño almacén de unos 5 metros tanto de ancho como de largo estaba atestado de casetes, ordenados en dos estanterías, una al fondo de madera y otra a la izquierda, en hierro. Entre estantería y estantería había escrito cuanto se le ocurría para crear un método de organización y colocado cuanto cuadro podía. Amén de ‘viajao’ de fotos de los artistas vallenatos más renombrados de comienzos de la década pasada…

“NO LE FÍO NI AL CACIQUE”, Atte: Toño”, rezaba un aviso impreso y montado en una foto enmarcada, cuyo motivo central eran Diomedes Díaz y Joe Arroyo. “Para mi amigo Toño Cassette con un fuerte abrazo sanjuanero, Diomedes Díaz”, remataba en la parte baja.

La clasificación de su música era así, por ejemplo:

“Diomedes Díaz, La Feria, versos”

“Diomedes Díaz y Juancho Rois, kz”

“Diomedes Díaz kz Pintor”

“Diomedes Díaz. EEUU. Versos”

“Hermanos Zuleta. Kz Repelón”.

Y las advertencias a potenciales clientes eran las siguientes:

“No fio, no presto, no insista”

“Sin rebaja 4.000 pesos ¿No entiende?...con rebaja, 5 mil barras”.

De las notas periodísticas tenía dos enmarcadas:

“Los secretos de Toño Casette”, publicada en un periódico local y “El hombre que tiene 10 mil casetes de vallenatos”, cuyo autor es quien redacta estas líneas que usted lee y que se publicó en un periódico de circulación nacional en Colombia cuando era reportero. Grata sorpresa que me llevé al verla allí en el paraíso terrenal del inmenso Toño Casé.

-Ja, ja, ja… ¿Toño, aún tienes la nota?, afirmé.

-“Si, con esta le recuerdo a la gente quien soy, pa’ que respeten estos atrevi’os”, dijo con gracia mirando a los circunstantes que estallaron en risa mientras Toño guardaba la suya antes de soltarla a todo pulmón.

-“¿Y María?”

-“¿Mami? En Bogotá. Bien, el otro día apenas llamaste le dije de ti y me dijo que te saludara”.

-“Gracias. Mujé pa’ luchar en la vida tu mami”, comenté, no en vano ella luchó sola por sacar adelante a sus dos hijos, entre ellos, al más pequeño quien había nacido con una sordera que requirió una compleja cirugía (implante coclear) que, por pedido de un sobrino de Toño, Iván Zuleta Barros (hijo de Fabio Zuleta Díaz) un ex Presidente de Colombia había cursado sus buenos oficios ante el Seguro Social de ese país para que se le realizara tan delicada y pionera cirugía.

-¡¡¡Tooooñoooo!!!

Se oyó un grito desde la mitad de la calle. Era el joven acordeonero Iván Zuleta en un Nissan Land Cruisser Samurai, roja, techo blanco, quien desde la parada que le marcaba el semáforo lo saludaba.

-¡¡¡¿Pa’ donde vaí, sobrino?!!!

-“Pa’ la casa”.

-¿Y teneí algún toque con el Cacique?

-“Mañana salgo pa’ Bogotá, allá me encontraré con él, tocamos allá este fin de semana”.

-“¡¡Traéme el casete, traéme el casete!!”

-“Claro, hombe…”

Iván, el entonces acordeonero de Diomedes Diaz, reemprendió la marcha en la camioneta. Toño me relató que no solo él, su sobrino, le llevaban casetes sino que también otras importantes agrupaciones hacían lo propio.

Así se fue la mañana. Charlamos, y habiendo salido del local, caminado los dos le expliqué que regresaba a Bogotá, vía Barranquilla. Ya había acabado lo que me llevaba a Valledupar.

-“Bueno, primo, por aquí a la orden”, me dijo cuando llegamos a la entrada de la casa de su abuelo Emiliano Zuleta que sentado en una mecedora, descamisado, estaba detrás de una ventana que daba a la calle.

-“Toño, vení, dame agua”, le dijo el viejo Mile.

-“Voy”.

-“Bueno, compadre, ya nos veremos en otra ocasión. No me olvide”, remató Toño.

No pudo ser , Toño, pero Dios te guarde en la gloria, buen hombre.

Hector Sarasti

Por: Héctor Sarasti - España.