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Columna: “Ponme un Diomedes”…

Era abril de 1983 y un joven parisino impresionó a todos los que estábamos en la Casa de la Cultura de Valledupar al interpretar un vallenato del que intercalaba párrafos, unos en simpático y arrastrado español y otros en su perfecto francés.

Era una mañana de Festival cuando el francés despertó aplausos entre el público, que con lágrimas en los ojos y los pelos de punta, apenas entendía que la música de los juglares ya estuviese de esa manera en el Viejo Continente y traducida a la lengua del amor.

El francesito contó que un par de años atrás un estudiante colombiano había llevado un long play de “un tal Diomedes Díaz” a la discoteca Tango, un lugar en el que se congregaba semana a semana la muchachada estudiantil y en el cual el francesito era DJ.
Después de que sonó el disco “del tal Diomedes” por primera vez, la muchachada local y de todas las otras nacionalidades se acercaban, noche tras noche, y le decían al DJ en francés: “ponme un Diomedes”.

Eso fue hace 30 años, pero desde antes, mucho antes de que le grabaran por primera vez una canción, Diomedes Díaz ya sabía que era un ídolo. Lo sabía con el convencimiento de esos hombres nacidos para ser amados y seguidos por encima de debilidades y pecados, de escándalos y tormentas, Lo sabía desde que era un cuidador de chivos o un espantapájaros en los campos de maíz de su Guajira natal.

Había sido un niño pobre de La Junta, hijo de campesinos, que nació con el talento para componer y cantar. Que escribía sus propias canciones y que fue objeto de portazos en las narices por quienes lo vieron muy débil y campechano para ser un cantante. Pero es que Diomedes Díaz Maestre no era un cantante. Era un artista seductor que electrizaba con su gracia y al que no se bailaba sino que se escuchaba, le gustase o no al espectador el vallenato.

Este hijo de campesinos que fue sepultado en medio de un multitudinario y muy particular sepelio es un ejemplo de tenacidad y fe en sí mismo.

Miles de seguidores lo acompañaron a su última morada después de dos noches de vigilia en la Plaza Alfonso López, tal cual él mismo lo visualizó hace 22 años por Telecaribe en una entrevista al ex editor de este diario Ernesto McCausland.

Sin pretenderlo, presagió cómo iba a ser su despedida, tan variopinto como en Los Funerales de la Mamá Grande, con vendedores, televisión, artistas, música en la misma tarima en donde era velado y gente de todas partes que dejó su hogar en Nochebuena para acompañarlo.

Su vida fue un torbellino de pasión y triunfos. No tuvo derrotas profesionales sino éxitos y fama. Y en lo personal dejó mil amores, todos correspondidos, e inclusive muchos de ellos con frutos que sumaron 28.

Fue la existencia de un ser humano que no tenía parámetros y que fue más de 400 veces número 1 en el top musical en Colombia.

Se fue Diomedes, el controvertido juglar popular, a quien le perdonaron excesos y decenas de incumplimientos. Se fue Diomedes, el artista que aun, cuando estuvo en la cárcel, siguió siendo el ídolo amado por su fanaticada sin condiciones, Sin medir distancias, una de las centenares de canciones que compuso e interpretó, pero quizá la que mejor lo retrata.