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El día que Diomedes conoció al sapo, lambón… La crónica


Contar historias para un cronista callejero es tan fundamental como el agua para el pez o el aire para cualquier ser humano. Unas se logran con mayor o menor esfuerzo aunque, al final, de trata solo de eso: hacerlas a como de lugar para contarlas. Todo hay que decirlo. Es allí donde las que más cuestan son justo las que quedan en el corazón de un contador de historias. Y para colocar en su justa dimensión esta afirmación se tiene la famosa historia del “Sapo, lambón, mar…” aquel insulto que popularizara Diomedes Díaz sin
quererlo y que costara Dios y su ayuda revivir la historia periodística con los propios protagonistas. ¿La razón? Diomedes vivía entre la costa y el interior del país, dando más vueltas que un trompo y encontrar al desconocido “sapo”, en honor a la verdad, era más fácil dar con una aguja en un pajar. Todos escuchaban el tiraquejala entre el Cacique y él antes de la canción La Plata, hecho que sucedió en el barrio El Hipódromo, en Soledad (Atlántico) pero nadie daba razón de ese cristiano hasta que…


Así se dio el recuentro entre el “sapo” y el Cacique

Corría la última semana de agosto del 2013 y una fuente periodística en Barranquilla alertó a un equipo de periodistas del programa Testigo Directo de Rafael Poveda de que “el sapo” vivía aún Soledad y que era taxista en Barranquilla. ¿El nombre? El personaje se llama, Eduardo Rodríguez Niebles. Informó la fuente. Por gestiones de terceros se dio con el número del “sapo”. -¿Alo?¿Don Eduardo Rodríguez Niebles?, preguntó el periodista. -“Si, como no, dígame”. -“¿Usted es el “sapo, lambón, mar…” de la historia de Diomedes? -Ja,ja,ja,ja…si, soy yo, ¡pero aclaro no soy maric…, ¡soy bien macho! El periodista le explicó que el fin del reportaje era llevarlo a un concierto de Diomedes y, a como diera lugar, presentarle al Cacique. En suma, hacer un reencuentro. -“Hum…no sé, ando como
ocupado”, respondió más por dudar de la verdad de lo que le decía el interlocutor que por sus deseos inmensos de conocer a su ídolo de su vida: Diomedes Díaz. -“Yo hablo con el Cacique y cuadramos”. -Llámeme la próxima semana, creo que si. -Ok. Por esas suertes de la vida, al celular del periodista entró dos días después una llamada con una seña muy particular. Aparecía la llamada como “Número Oculto”. Es él, pensó el comunicador. Pero ese él del que reflexionaba era el mismísimo Diomedes Díaz que cuando llamaba, por lo general, no dejaba que se identificara su número. -¡Mijo!¿Cómo está? -Cacique, bien, aquí dándole… El artista recordó el ascenso a Monserrate que habían hecho con su familia y el periodista hacía un mes para agradecer por su salud y citaba la buena prensa que había tenido, incluso de una famosa periodista televisiva que, en su opinión, no sabía por qué lo llevaba “en la mala”. -“Cacique, le presentará al “sapo”, atisbó a decir el periodista. -“Ah, bueno, mijo”, respondió quedando así mencionado el asunto. El 25 de agosto, el periodista y el camarógrafo viajó por tierra en una camioneta de Bogotá a Valledupar. Hacia la medía tarde contactó al “sapo”. -“Sapo, el 30 es todo, el Cacique toca en la discoteca Trucupey, en Barranquilla, y no hay más chance de que usted lo conozca y que yo haga el reportaje”. -“Va’ pa’ esa”, dijo emocionado. Llegó el 30 y Diomedes salió en su camioneta Lexus, color hueso, de Valledupar a Barranquilla a las 4 y 30 de la tarde en punto. Encaravanado con el carro de prensa solo hasta la salida de la capital cesarense, Diomedes salió para su compromiso y los comunicadores rumbo al barrio el Hipódromo, de Soledad, para recoger al sapo, entrevistarlo y llevarlo al concierto donde, en efecto, conoció al Cacique de La Junta. Una odisea que bien vale la pena conocer.

Por: Héctor Sarasti (Periodista). Camilo Rodríguez (camarógrafo). Jefe de prensa: Antonio José de León.
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