Header Ads

La Cacica Consuelo y el Cacique Diomedes


En este escrito Andrés Molina Araújo hace un recuento de la entrañable amistad que existió entre Consuelo Araujonoguera y Diomedes Díaz. El texto fue incluido, a manera de prólogo, en el libro biográfico sobre el Cacique ‘El Silencio del coloso’ una edición corregida y aumentada de la obra ‘Un muchacho llamado Diomedes’ del escritor Luis Mendoza Sierra. Por Andrés Molina.


No puedo precisar el momento exacto ni las circunstancias precisas en que se conocieron Diomedes Díaz y Consuelo Araujonoguera, pero no debieron ser muy diferentes al modo en que suelen conocerse los nativos de esta provincia: un día cualquiera, desprevenidamente, sin cita previa y sin tanto perendengue, con la franqueza y la espontaneidad que caracteriza a los habitantes de esta comarca.

Es probable que haya sido la Cacica Consuelo, con su natural curiosidad y admiración por la gente talentosa, quien se haya interesado primero por la vida, obra y milagros de ese “muchachito desmirriado y bobalicón” (como ella mismo lo describió) que, pese a su timidez y sencillez –o gracias a ellas–, empezaba a descollar en la música vallenata a finales de los años setenta. Tal vez coincidieron alguna vez en Radio Guatapurí, emisora donde ella colaboraba asiduamente desde la época de su fundador don Manuel Pineda Bastidas, y en donde él laboró fugazmente como singular mensajero que “hacía las vueltas” a pie y con la cicla al lado porque no sabía manejarla.

Lo único cierto es que sus caminos estaban predestinados a entrecruzarse por muchas razones. La más elemental de todas, por la razón de sus oficios: ella, periodista reconocida y pionera en la investigación del folclor vallenato, y él, el más grande y célebre cantautor de nuestra música.

Por ello, poco importa el dónde y el cuándo, porque entre los dos nació y fue cultivada, a lo largo de sus vidas paralelas, una gran y sincera amistad como solo puede darse entre dos seres extraordinarios que se admiran, se quieren y se respetan mutuamente.

Y es en el infortunio cuando la amistad tiene su prueba de fuego. Así, cuando Diomedes cayó en desgracia y fue privado de su libertad, fui testigo de excepción de la manera casi fervorosa con que la Cacica estuvo al tanto, ayudando y aconsejando al amigo en dificultades. Varias veces la acompañé a visitarlo, junto con Felix Carrillo Hinojosa –el popular y querido Fercahino–, en la escuela de agentes del DAS en Cota, Cundinamarca, donde estuvo recluido por nueve meses. Era un viaje inclemente de casi cuatro horas (ida y vuelta) en los que había que soportar monumentales trancones para salir de Bogotá, vías en construcción y un clima traicionero (como los cachacos), pero que eran molestias menores al observar el espectáculo único e irrepetible de escuchar la interesante conversación del Cacique y la Cacica, que, mágicamente, nos transportaba a la génesis misma de la música vallenata, a los trupillos y matorrales de Carrizal, al cerro de las Cabras en Patillal, o a los polvorientos caminos de herradura donde se forjaron los grandes juglares de esta música sin par, de la cual él fue el más destacado heredero y ella una de sus mejores cronistas.

Diomedes era un ser tan carismático y peculiar que nosotros que supuestamente íbamos a llevarle palabras de aliento por su situación y –por el contrario– él resultaba regalándonos su alegría, su jocosidad y su particular manera de ver el lado amable de las dificultades.

Posteriormente, estando ya en su residencia de Valledupar, afligido por las afecciones de la enfermedad Guillain-Barré, que lo mantuvo paralítico durante varios meses, fue la Cacica frecuente visitante del Cacique, para darle ánimo y reconfortarlo. En una de esas ocasiones, me contó la Cacica, que Diomedes se quejaba del dolor y, en particular, de no poder caminar ni moverse por sí solo, sino con la ayuda de terceros. Para él, un ser por antonomasia inquieto e hiperactivo, tal situación era como estar muerto en vida y, angustiado, daba gritos de desesperación. Así lo encontró Consuelo esa tarde calurosa en que fue a visitarlo, pero, poco a poco, hablando con él fue calmándole. Para ello, le narró la historia del santo Job, quien fue sometido a una oprobiosa prueba por el maligno, pero que a base de fe y paciencia, logró vencerla, por lo que se le considera ejemplo de fortaleza ante las dificultades. Ella sacó de su mochila una biblia que solía acompañarla y le leyó un pasaje que reza:

“¡Dichoso el hombre a quien corrige Dios!

No desdeñes, pues, la corrección del Omnipotente.

Pues Él es quien hace la herida y la venda,

el que hiere y la cura con su mano.

De seis tribulaciones te salvará,

y a la séptima no te alcanzará el mal.

En tiempos de hambre te redimirá de la muerte,

y en tiempos de guerra, del poder de la espada.

Te preservará del azote de la lengua.

No temerás la desventura si viniere.” (Job, 5: 17-22)

Pasaron un par de semanas desde esa última vez que la Cacica visitó a Díaz Maestre. Al volver a su casa lo encontró, esta vez, de buen ánimo y motivado porque la terapia iba avanzando positivamente. Tenía más movilidad y mejor semblante que la vez anterior. Su casa que permanecía a toda hora como una gallera repleta de gente curucuteando por aquí y acullá, estaba más llena que de costumbre. Diomedes llamó aparte a la Cacica, pidió que los dejaran solos, y le dijo: “Cacica, escuché esto que compuse por lo que me contó la otra ve´ ”. Y empezó a cantar en voz bajita estos versos:

“Una cama y cuatro paredes

y un dolor profundo en el cuerpo,

una silla donde me mueven

me acompañan en el momento



Soy un cuerpo sin movimiento

producto de una enfermedad

a veces me pongo a llorar

pero nada gano con eso



Leo la Biblia y por eso pienso

que me voy a recuperar”

Ella quedó gratamente impresionada al ver cómo Diomedes, cual alquimista musical, había transformado una narración espontánea en una canción que, sin duda, es toda una oda a la esperanza y al amor a la vida.

Asimismo, puede considerarse esta obra de Luis Mendoza Sierra, que vuelve a la vida, por segunda vez, para dejar para la posteridad la más completa y agradable crónica biográfica de Diomedes Díaz, un muchacho de Carrizal que, pese a las adversidades que la vida puso en su camino, llegó a lo más alto del firmamento de la música colombiana contemporánea. La obra de Mendoza Sierra es a Diomedes Díaz lo que “El hombre y el mito” de la Cacica es a Rafael Escalona, no otra cosa que testimonios palpitantes y perennes de las indelebles huellas que dos grandes de la música vallenata marcaron en su momento histórico y de los cuales sus cronistas, por ser testigos vivenciales, cuentan con la autoridad para narrar.

Bienvenida, pues, nuevamente la obra de Mendoza sobre Diomedes, actualizada y complementada, para revivir la historia inigualable de este coloso del canto y la composición vallenata que nos dijo adiós recientemente. Muy bien dice el adagio popular que “recordar es volver a vivir” y mientras lo recordemos, a través del lente que nos facilita aquí Lucho Mendoza, Diomedes seguirá entre nosotros.