El juglar que perdió la inspiración con la muerte de Diomedes Díaz


Marciano Martínez, creador de 'Amarte más no pude', dice que desde aquel diciembre dejó de componer.

Este hombre, de bigote tupido y en cuya cabeza ya se asoman las canas, dice que es compositor por naturaleza. Solo fue a la escuela hasta tercero de primaria, y no lo terminó. A mitad de año sus padres se mudaron para Riohacha, y no siguió estudiando.

“La inspiración la manda Dios. Eso es divino, sagrado, no se lo inventó nadie. La inspiración llega sola”, dice.

Las letras de sus canciones son motivadas por el amor: a la mujer, a su tierra y al folclor vallenato.

A los 8 años, Marciano Martínez Acosta conoció a su musa. En la casa donde trabajaba arreando el ganado hacia los corrales y haciendo labores domésticas, su patrona le ordenó llevarle un tazón de papaya picada a una niña que estaba enferma en una de las habitaciones.

“¡Cuidado va a comer si ella le brinda, porque tiene sarampión y se lo pega!”, le advirtió la mujer.

Al entrar vio a una pequeña casi de su misma edad, de piel morena, que le pidió sentarse a su lado en la cama. Pese a la advertencia, comió con ella del mismo plato. Era una niña bonita. A los pocos días empezó a fijarse en ella y ya no pudo sacársela de la cabeza.

Era Beatriz Helena, nieta de Arturo Araújo, un hacendado de la región. La diferencia de clases entre ambos era abismal, por lo que nunca se atrevió a hablarle de sus sentimientos.

Fue su amor platónico y comenzó a componerle versos, con melodías de otras canciones, pero la primera composición con música suya fue Todas las tardes.

“Todas las tardes cuando se oculta el sol salgo a caminar y llego a la placita para cantarle a una linda muchachita que se ha adueñado de mi corazón. Y esa muchachita es bella, hermosa como una flor, se llama Beatriz Helena, la dueña de mi ilusión. Y esa muchachita es bella, por eso la quiero tanto, yo la quiero porque es buena, porque ella es todo un encanto”.

Aunque asegura que solo fueron amigos, porque estaba enamorado en silencio, en 1979, ya de 22 años, le compuso 'La juntera', grabada al año siguiente por Diomedes Díaz, su amigo desde los 13, en el trabajo discográfico 'Para mi fanaticada', con el acordeón de Nicolás ‘Colacho’ Mendoza.

Esa canción originalmente se llamaba 'Señorita'. El cantante Adaníes Díaz, quien ya le había grabado 'Juana', iba a incluirla en su próximo disco y la tocaba en las casetas, pero lo hacía muy rápido y Marciano quería que fuera parrandera, para ser acompañada por las palmas.

“En Villanueva la tocaron a mil en una caseta; y no solo eso –advierte el compositor–, le cantaron un verso grosero: ‘Ya mi negra se enojó porque yo se lo pedí, que me lo pida ella a mí para ver si me enojo yo’. ¡Una canción tan elegante! Eso no me gustó nada”.

En el Festival del Fique, en La Junta (La Guajira), Marciano estuvo parrandeando con Diomedes y le hizo oír esa canción. Esa misma semana volvieron a encontrarse en Valledupar y el Cacique le dijo que quería grabarla. Pero como ya se la había entregado a Adaníes, buscaron una solución salomónica.

Marciano, en una escena de ‘Diomedes’, serie en la que es el abuelo materno del cantante. Archivo particular

Ambos cantantes viajaban a Bogotá en la misma fecha para grabar en el mismo estudio. Diomedes le dijo que él grababa unos versos y Adaníes, otros. Y escribieron juntos una nueva estrofa: “Las sabanas de La Junta, testigos de mi sufrir, ellas le pueden decir lo mucho que usted me gusta”.

Cuando llegaron a la capital, a Adaníes lo devolvieron porque Diomedes cogió turno primero en el estudio y, cuando se enteró de que había grabado la canción de Marciano, no solo se enojó con él, sino que no volvió a grabarle.

La primera canción que iba a grabarle Diomedes era 'Venceremos', inspirada en un noviazgo imaginario cuyo amor estaba tan enraizado como el árbol cerca del río, pese la oposición de los padres de la muchacha porque su enamorado no tenía plata. Sin embargo, nunca llegó a manos del artista.

Después de grabarla a capela en un casete, la envió con su hermano Adaulfo a la casa del cantante en la capital del Cesar; y cuando anunciaron en la radio que ya estaba listo el larga duración, le dijo emocionado al mensajero: “Ahora sí voy a escuchar mi canción”.

La respuesta que recibió lo bajó bruscamente de esa ilusión: “¡Si Diomedes no te grabó! Yo no le entregué el casete. Yo fui allá, él salió, me invitó a almorzar y yo tenía el casete en el bolsillo, pero dije ‘N’hombe, yo no voy a darle esta locura a Diomedes.

No voy a pasar pena’ ”. Y esa ‘locura’ fue un éxito en la voz de Miguel Herrera.

Pobre infancia

En La Junta, corregimiento de San Juan del Cesar, el mismo donde nació Diomedes, vino al mundo Marciano Martínez Acosta, el 30 de octubre de 1957. Era el séptimo de diez hermanos.

Cuenta que su mamá, Dolores Martínez Carrillo, una tejedora de mochilas que se ganaba la vida lavando ropa ajena, lo crio sola, en medio de carencias económicas. Sus juguetes eran carritos hechos con cardón, y a veces tenían que pedir hasta la candela para prender el fogón.

Por eso, él y sus hermanos comenzaron a trabajar desde pequeños cortando leña y sembrando maíz y yuca, para ayudar con los gastos de la casa. Joaquín Elías Acosta Salinas, su papá, abandonó el hogar luego de que él nació.

Marciano creció en el campo. Era travieso y cada vez que hacía una de sus diabluras huía al monte para evitar que su mamá le pegara. Duraba hasta cinco días escondido en los cerros, comiendo frutas de los árboles.

En las labores del campo se animaba con sus propios cantos, en los que narraba sus vivencias, aunque realmente su sueño era convertirse en acordeonero, como Alejo Durán. De niño fabricaba acordeones de juguete con pedazos de cartón.

De su infancia le quedó el remoquete Sinfo, como lo llaman varios amigos e incluso músicos como Fabián Corrales y ‘Yeyo’ Núñez. Su mamá pretendía ponerle Sinforiano, en honor a un hacendado que era muy reconocido en la zona, pero a los 3 años un tío suyo lo bautizó a escondidas con el nombre de Marciano. “Casi lo mismo”, dice en broma.

Huyendo de la pobreza, en 1967 se fueron a vivir a Riohacha, donde trabajó como lustrabotas y después de lotero. “Un día me dieron unos billetes de lotería y vendí cinco. La semana siguiente vendí 10, y así yo me ganaba mi platica, aunque todo era para mi mamá”.

En 1971 regresó a La Junta, pero volvió a irse al año siguiente para trabajar en Valledupar y luego a Riohacha, donde, en 1979, compró su primer acordeón, un Hohner tres coronas, que le costó 9.500 pesos. Él tenía apenas 5.000 pesos y dos amigos le dieron la plata que le faltaba.

Ya con el instrumento que tanto había soñado –al que aprendió a sacarle notas después de seis meses de ensayos diarios–, se devolvió a su tierra natal y empezó a animar parrandas en los pueblos de La Guajira y el Cesar, a tomar licor y a amanecer tocando.

En esa época también empezó a cosechar amores. En La Junta llegó a tener seis novias al mismo tiempo. Pero cuando quiso formar un hogar con su novia “oficial”, la familia de ella se opuso porque era músico, sinónimo de borrachín y mujeriego.

De esa experiencia nació uno de sus más grandes éxitos, 'Amarte más no pude':

“Te quise con el alma, bien sabes / que amarte más no pude; / volaste con rumbo hacia la nube más alta, / ya no pude alcanzarte. / Hoy, cuando de la nube te bajas / ya es demasiado tarde, qué vaina, / pues ya no queda nada de aquel amor tan grande”.

También Por jugar al amor resultó de esa inspiración: “Y yo, de tanto jugar al amor, / sin un amor he quedado en la vida”.

Marciano aún vive en su pueblo en una habitación, al lado de la casa que era de su mamá, y tiene otra casa, con un patio lleno de árboles frutales, patos, gallinas y pavos reales. De allí sale para cumplir compromisos musicales en todo el país, en compañía del acordeonero Nemer Tetay.

Por estos días anda pendiente del cultivo de patilla que tiene en una parcela, a orillas del río San Francisco, que hoy es un playón por donde no corre ni una gota de agua. Él mismo supervisa los trabajos de una maquinaria que contrató para hacer reservorios para enfrentar el verano.

¡Ay, la vida!

En el proceso de composición siempre hace todo junto: letra y melodía. Compone sin acordeón –desde hace ocho años no toca, porque perdió la movilidad de dos dedos de la mano derecha–, aunque recurre al instrumento cuando siente que una melodía se está pareciendo a otra.

“Nada más tengo que coger los pitos a la inversa para cambiar el parentesco de una melodía. Por eso no entiendo por qué hay muchos compositores que se agarran de melodías ajenas para hacer sus canciones. Si nosotros somos creadores de música, no debemos caer en eso”.

En sus inicios escribía las letras en un cuaderno, pero desde hace rato dejó de hacerlo y ahora todas sus composiciones están grabadas en su cabeza. “Cuando me muera, se van a perder unas pocas”, dice.

Aunque no recuerda cuántas canciones ha compuesto, los más reconocidos exponentes del vallenato, como Diomedes Díaz, Los Hermanos Zuleta, Los Betos, Iván Villazón y Peter Manjarrés, le han grabado 170 en total. Solo Diomedes le grabó 20 composiciones.

En la conversación que tuvo el 28 de enero pasado en el Hay Festival, en Riohacha, sobre vallenato y amor, con el periodista Daniel Samper Pizano, Marciano habló sobre el vallenato actual, en el que considera que escasean los verdaderos compositores, esos poetas populares que narran hechos cotidianos, y sobran los “fabricantes de canciones con palabras rebuscadas y sin identidad propia”.

“Esos colegas míos, que yo los encuentro escribiendo frasecitas para componer canciones, esos son compositores hechizos, fabricantes de canciones (...); la mayoría de las canciones están fuera de contexto en la rima, no hay secuencia”.

Samper considera que Marciano es uno de los compositores de la generación posterior a los clásicos que más éxito han tenido, no solo por su riqueza melódica, sino porque en sus composiciones cuenta historias o habla de amor con términos genuinos y “no con falsas palabras, como ocurre con algunos de los compositores comerciales”.

Sostiene que es uno de los artistas más completos, pues también ha incursionado en la actuación. Protagonizó la película 'Los viajes del viento', en la que interpreta a un juglar que emprende un viaje por la región caribe para devolverle el acordeón a su maestro, y actualmente es papá Goyo, el abuelo materno de Diomedes Díaz en la serie del canal RCN.

Marciano confiesa que desde la muerte de Diomedes –el 22 de diciembre del 2013– no ha vuelto a componer. Con la canción 'Ay, la vida', incluida en el último disco del Cacique, obtuvo en el 2014 el reconocimiento como compositor del año en el Festival Nacional de Compositores, de San Juan del Cesar.

'Ay, la vida' es un lamento que surgió de la tristeza por la muerte de su mamá, hace tres años, y por el abandono de la mujer que amaba.

Porque el poeta del vallenato tradicional, que tanto le ha cantado al amor, paradójicamente “sin un amor se ha quedado en la vida”.

PAOLA BENJUMEA BRITO
Enviada especial de EL TIEMPO